Lord Auckland (el eterno soltero) y sus dos hermanas, llegaron a Simla (en el estado indio de Himachal Pradesh) al final de su gira por la India, y este resulto ser, el primer y único sitio, que realmente le agradó: “El clima es similar al inglés y muy revitalizante”, escribió su hermana Emily. La propia existencia de Simla, decía mucho de la asombrosa complacencia de los británicos en la India, a lo largo de este periodo: durante siete meses al año, la Compañía de las Indias Orientales, gobernaba a una quinta parte de la humanidad, desde una aldea del Himalaya, situada en la frontera con el Tíbet, y conectada al mundo exterior, mediante poco más que un camino de cabras. Aquí, en las dos décadas sucesivas al “descubrimiento” de la región, por el capitán Charles Kennedy en 1822, la Compañía había comenzado a construir, una pequeña Inglaterra de ensueño: una especie de parque temático, de principios de la Era Victoriana, lleno de iglesias góticas, casas con entramado de madera, y mansiones señoriales escocesas. Simla era un claro reflejo, de la nostalgia que aflige, a los que se encuentran lejos de su hogar: era una forma de escapar del calor, pero también, tácitamente, una forma de escapar de la India. Como diría más tarde un oficial, en tono sarcástico, “en el resto del país podían estar produciéndose desórdenes, revueltas, o incluso disturbios violentos, pero en Simla sólo interesaban las finales de polo, las carreras y los arborescentes torneos de críquet”.