El primer “ochomil”. Antecedentes. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Durante siglos y siglos, los habitantes de los altos valles, escrutaron el dédalo de sus quebradas líneas, sintiéndose intimidados y confusos, escandalizados ante semejante desorden y despilfarro, incluso despechados por su desmesura sobrehumana. El amasijo de cumbres, glaciares y picachos parecían encerrar una perpetua amenaza. Tormentas, ventiscas, avalanchas y desprendimientos eran, a menudo, los heraldos de la devastación, la ruina y la muerte.
Aún hoy, en cada macizo importante, perviven las viejas nomenclaturas. Siempre se encuentra en ellos, algún monte Maldito, alguna aguja del Diablo o cresta del Infierno, para recordarnos que, salvo el pequeño paréntesis de los tiempos contemporáneos, las regiones alpinas han estado envueltas, en espesos velos de fabulación y misterio, favorecidos por su propia inaccesibilidad. Los montañeses, invariablemente, se hacían eco de extrañas historias. ¿Celebraban las brujas sus aquelarres al amparo de las cumbres? ¿Permanecían las ánimas del purgatorio, atrapadas en los hielos? Contempladas las cosas con la óptica actual, nos resulta verdaderamente chocante, que, en 1726, ya en pleno Siglo de la Luces, el reputado sabio J. J. Scheuchzer publicara en Ámsterdam su Itinera Alpina, donde describía - ¡con ilustraciones incluidas! – los principales dragones que habitaban los valles de los Alpes.
Como en todo, también en este terreno existen excepciones. Se sabe, por ejemplo, que el año 1280 fue testigo de una ascensión, conforme a los patrones actuales: la de Pedro III de Aragón al Canigó, sólo por el deseo de ver que había en la cima. En 1336, dentro todavía de los tiempos medievales, Petrarca subió al Mont Ventoux, arrebatado, al parecer, por su extraordinaria altura. Más tarde, tras la eclosión renacentista, encontramos nuevas gestas montañeras: la de Antoine de Ville, chambelán de Carlos VIII de Francia, quien en 1492 – fecha del descubrimiento de América – escaló el monte Aiguille, en el Delfinado, por orden de su rey; o la lograda en 1511 por el mismísimo Leonardo da Vinci sobre el monte Boso, mientras estudiaba los Alpes Peninos, fascinado por su estructura. ¿Es mera coincidencia que el autor de la Gioconda haya destacado la más universal de las sonrisas artísticas, sobre un fondo de picos lejanos? No obstante, todas esas ascensiones fueron casos aislados y, a cumbres de escaso relieve.
El Mont Blanc, inmensa cúpula de nieve, que eleva sus 4.808 metro de altura sobre el valle de Chamonix, constituyó el techo de Europa durante largos años (hoy sabemos que es el Elbrus). Pero el Mont Blanc es, además, una de las montañas más bellas que existen. Perfectamente visible desde la citada localidad francesa, su majestad resulta indiscutible. En el mundo entero, sólo hay dos regiones, Alaska y el Karakorum, que puedan presumir de arquitecturas alpinas más señeras y grandiosas, que las del macizo del Mont Blanc. Otras montañas son más altas, más vastas también, pero pocas ejercen una soberanía tan manifiesta sobre su entorno inmediato, con unas líneas tan soberbias y elegantes, como las que la naturaleza ha trazado en el Mont Blanc.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.