Baruch Spinoza. Carácter singular del judaísmo holandés. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
La organización de la congregación judía de Ámsterdam, que hemos explicado en el artículo anterior, no funcionó siempre sin enfrentamientos. En 1618-1619, un conflicto sobre el reparto de poderes, hizo estallar la congregación. El origen de las discrepancias no está claro. Diversas acusaciones fueron pronunciadas, contra uno de los dirigentes de la Beth Jacob, un cierto David Farrar, médico de reputación liberal, es decir, libre-pensador según sus adversarios. Farar fue denunciado (o, incluso, objeto de expulsión, o “harem”) por Joseph Pardo, el rabino de Beth Jacob. La congregación se dividió en dos campos, un grupo sostuvo a Farar y, el otro al rabino Pardo. Al final los partidarios de Pardo, decidieron abandonar la congregación y, crear una nueva llamada “Ets Haïm (Árbol de la vida) y, más tarde, “Beth Israël”. Mientras tanto, con la marcha de Pardo, Saul Levi Mortera tomo el relevo, como primer rabino de Beth Jacob. Fue apoyado, dentro de la facción pro-Farar, entre otras personas, por Abraham de Spinoza, que acababa de llegar de Nantes. A pesar de su autonomía propia, Beth Jacob, Beth Israel y Neve Shalom (fundada posteriormente) lograron cooperar en diversos campos, en particular cuando se trataba de proyectos de importancia mayor, para la comunidad judía portuguesa, entendida en sentido lato.
En los años 1620, la cuestión de la inmigración, se planteó con intensidad, en la comunidad judía. En 1609, la población judía sefardita de Ámsterdam, contaba con unas doscientas personas (sobre una población total de 70.000 personas); en 1630 se había elevado hasta un millar (mientras la población de Ámsterdam alcanzaba los 115.000). Si la población judía, presentaba un carácter heterogéneo, permanecía, por lo general, compuesta de judíos de ascendencia portuguesa o española, poseedores de la herencia “marrana” ibérica. En la vida pública, tanto como en la privada, la lengua hablada era el portugués, con algún aditamento de términos hebreos, españoles e, incluso holandeses. (El castellano era considerado como la lengua de la gran literatura y, el hebreo se reservaba para la liturgia).
La asimilación de los judíos asquenazí, que comenzaron a llegar desde Polonia y Alemania, en el segundo decenio del siglo XVI, resultó aún más complicada. Al inicio, la mayor parte de esta gente del Este, que se expresaban en “yiddish”, venían de guetos y eran poco numerosas. Pero como la guerra de los Treinta Años, había hecho la vida de los judíos, mucho más complicada en las tierras germánicas y, como los “pogroms” se multiplicaban y, se hacían más violentos, la población asquenazí de Ámsterdam, aumentó de manera sensible. En los primeros decenios, las diferencias entre asquenazíes y sefarditas eran evidentes. Mientras que los portugueses eran gente acomodada y bien organizada, los “tudescos” eran, en su mayoría pobres y, carecían de cualquier estructura comunitaria propia.
Los recién llegados eran, en su mayor parte, pequeños comerciantes. Rápidamente pasaron depender de la comunidad portuguesa, tanto en el plan económico, como en el espiritual. Los sefarditas les dieron empleos (como matarifes, carniceros, impresores e, incluso domésticos), les permitieron orar en sus sinagogas y, hasta 1642, les autorizaron a enterrar sus muertos en Ouderkerk. Lentamente, los Asquenazis consiguieron organizarse, desde el punto de vista social y religioso, independientes de la comunidad portuguesa y, en 1635, crearon su primera congregación. Los Asquenazis que se instalaron en Ámsterdam, no se habían aparatado, en tanto que grupo, de las normas religiosas del judaísmo, ni obligados a fundirse en la sociedad local de los gentiles, como había sido el caso de los “marranos” de Portugal y España.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.