Los gorriones trinaban en griego
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Leonard Woolf dedicaba mucho de su tiempo, a cuidar a su esposa Virginia, durante sus frecuentes e invasivas horas sombrías. Esto podemos comprobarlo en algunas páginas de sus escritos, que hasta donde yo sé, a día de hoy permanecen inéditas. Y lo hacía, casi siempre, en una perturbadora soledad, frente a los neurólogos tip top (así los llama Leonard) de Harley Street.
“Puede parece pretencioso por mi parte – escribía Leonard – pero me atrevería a decir que de hecho, los neurólogos no sabían prácticamente nada. No tenían la menor idea, de la naturaleza o causa exactas del problema de Virginia, que le hacía perder, poco a poco, el contacto con le mundo real, para pasar al otro lado del mismo, lo que la colocaba en un serio peligro. No sabiendo como y porque eso le sucedía, no disponían de ningún medio para tratarla. Se contentaban con decir, que sufría de neurastenia. Para los neurólogos, si se la pudiera incitar – u obligar – a comer y a reposar y, se le impedía suicidarse, ella mejoraría”. Me imagino lo difícil que debería resultar para Leonard, racionalista, alumno del Trinity College de Cambridge, bajo el reino del hiperrealista E. G. Moore, obedecer a prescripciones de tamaña banalidad. “La fatiga la desequilibraba. Pero aconsejarle, como hacían los médicos y, como yo también, se supone le tenía que decir, que llevara una vida apacible, era absurdo, trágicamente absurdo”.
Sin ser médico, Leonard hacía una lectura de la enfermedad de Virginia, muy novedosa para su tiempo: psicosis maniaco-depresiva. Lo que explicaría la impotencia de los próximos de Virginia y de sus cuidadores, puesto que hoy ya sabemos, que uno de los síntomas de los que la sufren, es un deseo de suicidio difícilmente controlable. Leonard escribía: “Las personas que la experimentan, sufren ataques alternativos de extrema excitación y de profunda depresión. Cuando yo comparaba los diagnósticos de los médicos de Virginia, todos decían que sufría de neurastenia, no de psicosis depresiva, cuando una cosa no tiene nada que ver con la otra. Yo estaba seguro, de que era la última, la enfermedad de Virginia”.
Pero si el testimonio de Leonard, nos parece de una cualidad rara para esos tiempos, es porque él iba más allá de un simple documento fáctico, por exclusivo que fuera. Para él, Virginia era principalmente una escritora, incluso en sus meses y, a veces, sus años, de crisis. “Estoy seguro – continuaba Leonard - de que el genio de Virginia, estaba ligado a esta inestabilidad mental (recordemos que Dostoievski, escribía sus mejores líneas, después de unos de sus recurrentes ataques de epilepsia). La creatividad, la inventiva, que encontramos en sus novelas, su capacidad para volar por encima de una conversación ordinaria, las alucinaciones, todo ello provenía de un mismo lugar en su cerebro. Ella tropezaba, daba pasos en falso, buscaba su voz, necesitaba escuchar las voces venidas del más allá. Era este, en el fondo, el destino trágico de su genio”.
Es cierto sí, que cuado los episodios agudos de delirio. Leonard escuchó a Virginia, pronunciar frases incomprensibles durante días y noches, o hablar con su madre fallecida, que acaba de entrar en la habitación. Pero cuando Virginia le dijo, que había oído a los pájaros trinar en griego, de lo que encontramos trazas sublimes en “Mrs. Dalloway”, podemos estar seguros de que el reproche, que se le ha hecho a Leonard de enfermar a Virginia, es absolutamente infundado. Es seguro que él comprendió bien, lo que a ella le pasaba. “Escuchar voces venidas de allende…”
“El escuchó. Un gorrión colgado en la verja de enfrente trinar: Septimus, Septimus, cuatro o cinco veces seguidas, después voló de nuevo mientras alargaba sus notas, para cantar con voz animada, penetrante, palabras griegas que decían, que el crimen no existe y, otro gorrión se le unió y cantaron los dos con una voz que se alargaba, penetrante, con palabras también en griego, un canto que venía de los árboles en la pradera de la vida, hasta cruzar a la otra orilla del río, allí donde van los muertos, afirmando que la muerte no existe”.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.