Robespierre. Comité de Salvación Pública. V
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Durante el invierno de 1793-1794, la confrontación con los dos hombres, por los que sentía afecto y respeto – Danton y Desmoulins – había consumido los recursos físicos y emocionales de Robespierre. Desde el 9 de febrero estuvo agotado y, a menudo, enfermo, y más ausente que presente. Acaba de cumplir treinta y seis años, el día antes de reincorporarse al trabajo el 18 Floreal, pero sus coetáneos opinaban que era mayor, y estaba física, emocional e intelectualmente desgastado.
Por entonces, Robespierre y sus colegas, se encontraban atrapados, entre la confianza en el celo de los diputados jacobinos más militantes, y las pruebas reiteradas de que había casos particulares, en los que el celo se había deslizado, hacia la persecución arbitraria de ciudadanos inocentes. Robespierre era más consciente que nunca, del abismo existente entre su certidumbre sobre la bondad esencial del pueblo, que había sido el motor se sus acciones, y la realidad de los valores y la conducta del pueblo francés.
No parece que haya dudas de que Robespierre creía en Dios y en la vida ultraterrena, y de que le preocupaba personalmente la descristianización. Pero al mismo tiempo, tenía razones políticas pragmáticas, para tratar de fundar una espiritualidad republicana, capaz de unir a un amplio espectro de una sociedad dividida, no sólo por la religiosidad, sino también por concepciones sociales y económicas. Sus creencias religiosas, eran una amalgama del catolicismo, que se le había inculcado en los primeros veintitrés años de vida, y del culto a la naturaleza, que había conocido siendo estudiante en París, y entre sus amistades literarias de Arrás. En modo alguno era el único que veía en el Ser Supremo, la fuente de los más altos valores y aspiraciones de la humanidad. De hecho, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, se había redactado “bajo los auspicios del Ser Supremo”. El 16 Pradial (4 de junio), Robespierre fue elegido por unanimidad, presidente de la Convención para una quincena y, en calidad de tal, pronunció dos discursos en el Festival del Ser Supremo.
El 5 Pradial (24 de mayo), una joven de dieciséis años, Cécile Renault, armada con dos pequeñas dagas, fue detenida cundo trataba de entrar en la casa de los Duplay, en la que se hospedaba Robespierre. El día anterior a la tentativa de Renault, se había desbaratado una amenaza más grave, para la vida de Robespierre. El 4 Pradial, Henri Admirat, un empleado de la Lotería Nacional, tras apostarse todo el día a la espera de Robespierre, acabó disparando dos balas contra Collot De Herbois (miembro del Comité de Salvación Pública). La indignación popular estalló, cuando se conoció la tentativa de asesinato, en la cual finalmente el que había salido herido, era Geffroy, un cerrajero que había acudido en ayuda de Collot. Hacía ya mucho tiempo, que Robespierre estaba al tanto, de que había personas que le querían ver muerto. Ahora estaba ya muy nervioso.
Parece que la tentativa de asesinato de Admirat, le desestabilizó en grado sumo. Dos días después del Festival del Ser Supremo, Robespierre, todavía presidente de la Convención, la presionó a la vista de que se mostraba renuente, a aprobar la ley de 22 Pradial (10 de junio). Dicha ley había sido redactada por Couthon, e instituía un sistema mediante el cual, los sesenta miembros del Tribunal Revolucionario, trabajando en turnos, serían los jueces que valorarían si se admitían pruebas o, incluso, si eran necesarias. La ley incluía un artículo que suprimía “toda cláusula de leyes anteriores, que no concordaran con el actual decreto”. Incluía, asimismo, categorías indefinidas de “enemigos del pueblo”, en las que se contaba, desde los que se hubieran levantado en armas, hasta los que hubieran conspirado para derrocar la república, además de aquellos que simplemente, hubieran criticado al gobierno. La labor del Tribunal Revolucionario, iba a ser mucho más directa: “la pena por todos los delitos, que se pongan en conocimiento del Tribunal Revolucionario, es la muerte”.
Como ya había insistido Robespierre, en su gran discurso del 5 de febrero: “en la revolución, la fuerza del gobierno popular es, al mismo tiempo, la virtud y el terror. El terror no es otra cosa que la justicia expeditiva, severa, inflexible”. En junio de 1794, los motores generadores de virtud y de terror, se habían centralizado en los comités y sus aparatos administrativos. Y Maximilien Robespierre era ahora, un objeto de temor, aversión y recelo, para un número cada vez mayor de personas; justo en el momento en el que reconocía, encontrarse al borde de agotar sus capacidades físicas y mentales.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.