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Robespierre. “Termidor”. I


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

A pesar de todo el empeño que ponían Robespierre y sus amigos, la victoria del ejército revolucionario francés frente al austro-holandes en Fleurus, deshizo el nudo que mantenía unidas las hebras del Gobierno revolucionario. En la Convención Nacional, diputados con poder como Carrier, Fouché, Barras, Fréron y Tallien, se sentían vulnerables, ante la insinuación de que se les podían pedir explicaciones, por la despiadada represión de la contrarrevolución, que habían puesto en práctica en las provincias. Todos se preguntaban, por qué la gran victoria de Fleurus, no se había traducido en transparencia, acerca del fin del Gobierno revolucionario.

Al fin y al cabo, la mayoría de los diputados habían apoyado las medidas autoritarias, como respuesta pragmática, a la crisis militar y los levantamientos sociales. Una de las secciones de París, creó el 1 Mesidor (19 junio) un registro en el que se solicitaba apoyo, para implantar la Constitución de 1793: en diez días reunió dos mil firmas, pero el Comité de Salvación Pública, la clausuró ¿Pero, por qué no volvía a entrar en vigor ahora la Constitución de 1793? Una vez calmada la situación militar, y apaciguadas las secciones parisinas ¿por qué aumentaba el número de ejecuciones, en un contexto de amenazas vagas, para diputados indeterminados?

El número de ejecuciones en la guillotina había aumentado. En los nueve primeros días de Termidor hubo 342: un promedio diario de treinta y ocho, en comparación con las once de Floreal, tres meses atrás, antes de que la crisis militar, hubiera comenzado a amainar. El Tribunal Revolucionario, abordaba su cometido de determinar la culpabilidad de los “sospechosos”, con una eficiencia horrenda. Robespierre se había ausentado efectivamente de la vida pública, a partir del 11 Mesidor (20 de junio), por consiguiente, el espectacular ascenso de los veredictos de culpabilidad, y las ejecuciones del mes de julio, bajo la ley de 22 Pradial, no se pueden imputar directamente a él. Sin embargo, no cabe duda de que, aunque raras veces asistiera a las reuniones del Comité, ordenó detenciones: se encontraba a menudo con Herman y con Dumas (presidente del Tribunal Revolucionario) y, Saint-Just y Simon Duplay, le llevaban expedientes a su casa. El dilema de Robespierre, fue siempre su confianza en la competencia y el criterio, de los camaradas jacobinos que ocupaban un asiento en el Tribunal Revolucionario. Pero los historiadores, al menos hasta hoy, no saben con certeza, la respuesta a la pregunta más inquietante: ¿estuvo directamente implicado, en el baño de sangre que sufrió Paris, o lo desataron otros para desprestigiarle? La respuesta más probable para Peter McPhee, es que, en su ausencia, sus enemigos actuaran a escondidas, y él era el chivo expiatorio perfecto.

La crisis continuaba. “Nuestros enemigos se retiran, pero sólo para abandonarnos a nuestras divisiones internas”, escribía Robespierre. Insistía, una y otra vez, en que “existe una conspiración criminal”, aun cuando sólo nombraba a tres diputados (Cambon, Mallarmé y Ramel, miembros claves del Comité de Finanzas), además de realizar afirmaciones vagas, de que la conspiración se infiltraba en la Convención e, incluso, en los comités del gobierno. No dejaba de negar ser el responsable, al tiempo que señalaba que el grito de guerra de sus enemigos era “todo es culpa de Robespierre”. Pero el largo discurso emocional era difuso, hasta rayar en la incoherencia porque, para entonces, casi todo el mundo era sospechoso de conspirar. Hasta el propio Robespierre confesó: “Dudar de esta república virtuosa, cuya imagen he dibujado para mí”, parecía como si coqueteara con el martirio.

Pero el discurso de Robespierre, si contenía las suficientes precisiones, como para hacer temer a los sospechosos de excesos, que habían sido identificados, como responsables de propagar “el terror y la calumnia”. Cambon y Robespierre, ya distanciados por la animadversión nacida, de que el primero protegía a autoridades valiosas y competentes del “ancien régime”, se enzarzaron en una larga discusión. La alarma de Cambon nacía del miedo, pero estaba tan perplejo como alarmado.

Pues eso.

(Continuará)

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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