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Robespierre. “Termidor”. II


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Debido al agotamiento de sus energías, desde la época del juicio a los llamados “indulgentes”, Danton y Desmoulins, Robespierre había cometido una serie de errores de apreciación, empezando por el de dar su conformidad, a la decisión de incluir a Desmoulins, en la lista de quienes había que detener, es decir, junto con los hombres acusados de malas prácticas financieras graves, a expensas de la República. Su decisión de celebrar el Festival del Ser Supremo, durante su mandato como presidente de la Convención, le dejó expuesto a murmuraciones sobre su omnipotencia. Promover que se aprobara la ley de 22 Pradial dos días después (10 de junio) había convertido las murmuraciones, en agitación atemorizada. Había sido incapaz de aprovechar, el giro de los destinos militares de la República, de las semanas subsiguientes, para trazar un camino de retorno, al orden y gobierno constitucional. Y, en estas circunstancias, la imposibilidad de dar los nombres, de los diputados que iban a ser juzgados, constituyó un error grave. Quizá sólo estuviera pensando, en seis o siete personas, pero había muchas más con motivos para temer. En una época, en que las cabezas caían como fichas de dominó, la Convención ya tenía bastante.

Robespierre pronunció, el mismo discurso que había pronunciado en la Convención (26 de julio, 8 Termidor) aquella misma noche en el Club Jacobino, a pesar de los intentos de Collot y Billaud de impedírselo. “¡Aquí no queremos dictadores!” le gritaron algunos. Dumas, presidente del Tribunal Revolucionario, apoyó con firmeza a Robespierre, calificando a sus adversarios: de residuos de hérbetistas y dantonistas. El presidente del Club, ordenó que se remitiera un mensaje, a las filiales provinciales del Club, en el que se dijera, que Robespierre acababa de dar a conocer otra “conspiración extranjera, que no busca más que el premio, del reconocimiento unánime de los ciudadanos, y su voluntad de castigar a los traidores”.

Tal vez Robespierre, se hubiera adormecido, arrullado por una falsa sensación de seguridad, derivada del extraordinario aprecio que gozaba en el Club. Quizá su estado de debilidad mental, ya no le permitiera gozar, de la capacidad de imaginar como se entendería su lenguaje. A pesar del sonoro descontento en la Convención, e incluso en el Club Jacobino, se mostraba manifiestamente incapaz, de comprender la amenaza potencial.

Desde la tentativa frustrada de Luis XVI, de huir del país en junio de 1791, Robespierre y otros jacobinos, habían sido vulnerables al miedo, a que la oposición criminal de los contrarrevolucionarios del interior de Francia, representaran sólo una pequeña parte, de una conspiración internacional más amplia. Ahora, el 8 Termidor, Robespierre insistía en que había otra conspiración, en este caso en el propio seno de la Convención. Y esta vez, al menos, tenía razón.

Había cuatro grupos significativos de diputados, con motivos para matar o ser asesinados. El primero era el de los diputados en misiones cesados, como Carrier, Fouché, Tallien, Freron o Dubois-Crancé, todos los cuales, seguro, se estremecían, cuando Robespierre aludía a los culpables de los excesos. Un segundo grupo, era el de los miembros de los comités, que habían estado próximos a los hébertistas, entre los que se encontraban Collot, Billaud, Amar y Vadier. Un tercer grupo vinculado a Danton, estaba inevitablemente descontento, por las alusiones de Robespierre a la laxitud, y eran hombres como Lecointre, Thuriot, Legendre y Bourdon de l’Oise. Por último, los “tecnócratas” del Comité de Salvación Pública, como Lindet, Prieur de la Côte-d’Or y Carnot, percibían la amenaza implícita en su discurso, recordando la catastrófica reunión de hacía tan solo una semana. A los cuatro grupos afectaba, que el discurso de Robespierre, hubiera incorporado al influyente Cambon, en la lista de los deseosos de actuar.

Nadie estaba a salvo, ahora que Robespierre era manifiestamente incapaz, de diferenciar entre discrepancia y traición. Como reflexionaba posteriormente, el diputado jacobino Marc-Antoine Baudot: “la batalla del 9 Termidor, no fue un asunto de principios, sino de matar… la muerte de Robespierre se había convertido en una necesidad”.

Pues eso.

(Continuará.)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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