Robespierre. “Termidor”. III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
El 9 Termidor (27 de julio), la sesión de la Convención comenzó a las 11h. de la mañana, como de costumbre. En torno al mediodía Saint-Just subió al estrado, con la intención de defender a Robespierre: “él no se explica con la suficiente claridad, es cierto, pero alguna indulgencia hay que tener, con su retirada de la escena y la amargura de su alma”. ¿Por qué se le iba a acusar de “pretender esclavizar la mente de los hombres”? “¿Es la sensibilidad un rasgo del mal?” La sesión prosiguió en medio de un estallido de acusaciones y negaciones, proferidas a voz en grito. Con Thuriot ocupando el sillón presidencial, Billaud dio inicio entonces a la acusación, y propuso detener a Hanriot, y a los oficiales de la Guardia Nacional, partidarios de Robespierre.
En un momento dado, Lebas realizó una tentativa desesperada e infructuosa, de ocupar la tribuna. Billaud arremetió entonces contra Robespierre, “por haberse distanciado del Comité de Salvación Pública, únicamente porque no podía hacer allí, lo que se le antojara”. Acusó a Robespierre, de “hablar siempre de la virtud, al mismo tiempo que defendía el delito… No hay representantes del pueblo, que quieran vivir bajo un tirano”. Billaud se había preparado bien el terreno: aquello iba a ser, una estampida de hombres culpables, cuyo objetivo era matar a Robespierre y sus aliados.
A continuación, subió Robespierre al estrado. Según un reportero, los asistentes gritaban: “no escuchamos a conspiradores”. Cuando Robespierre empezó a hablar: “Podría recordarle a…”, se escucharon nuevos gritos de “¡Abajo el tirano!”. Aún cuando Robespierre trató de continuar (“Protesto, mis enemigos pretenden abusar de la Convención Nacional”), le hicieron callar con gritos de: “¡Abajo con él! ¡Abajo con él!”. Barère subrayó, cuanto habían cambiado “las formas del gobierno revolucionario”, y aludió a las acusaciones difusas de Robespierre: “las falsas angustias y los peligros auténticos, no pueden coexistir; los grandes hombres de prestigio, y quienes son iguales, no pueden convivir mucho tiempo”.
Las acusaciones contra Robespierre arreciaron. El reportero del “Journal du soir”, apuntaba que “Robespierre quería hablar; estaba en el estrado. Cambon grito: “¡Abajo el Cronwell!”. Vadier señaló: “Soy el primero que solicitó el decreto, de acusación contra el tirano coronado. Me ha costado creer que Robespierre es un tirano, pero lo creo. Solicito una orden de detención contra él”. El tumulto se acrecienta. Robespierre quiere tomar la palabra; pero se le impide. “¿Con qué derecho – grita enfadado – protege el presidente a los asesinos?”. Agustín Robespierre (el hermano de Maximilien) gritó: “yo también pido la muerte, quiero morir por la libertad. Soy tan culpable como mi hermano; quería hacer lo mejor para mi país; también quiero morir a manos de los criminales”.
Ninguno de los aliados de Robespierre, consiguió que le escuchara la Convención. Y ésta pasó a ordenar la detención de Hanriot, Dumas y otros cargos partidarios de Robespierre, y, luego, de otros cinco diputados: los dos Robespierre, Saint-Just, Couthon y Lebas. Los diputados acusados, fueron conducidos ante el Comité de Salvación Pública y, a continuación, trasladados a diferentes cárceles. Maximilien fue llevado a la prisión de Luxemburgo, donde unos guardias estupefactos, se negaron a encarcelarlo, y después trasladado a la oficina del alcalde, donde, de nuevo, fue saludado, por los altos cargos de la policía. Nadie quería detener a diputados y oficiales ¿Quién querría asumir la responsabilidad, de recluir al “Incorruptible”? Por último, los diputados se abrieron paso hasta el Ayuntamiento. Hanriot, el alcalde Lescot-Fleuriot y Payan, convocaron una reunión extraordinaria de la Comuna, movilizaron a la Guardia Nacional, y cerraron las puertas de la ciudad.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.