Richard F. Burton y el 18º Regimiento de Infantería Nativa de Bombay, habían llegado a Ghara exactamente cuando, a finales de enero, los ismaelíes iban a dar inicio a las ceremonias conmemorativas, de la tragedia de “la Ashura”, el gran auto de la pasión, por así decirlo, de los shiíes y, en cualquier caso, una de las festividades de mayor relevancia en el calendario, ya que es la rememoración del martirio, no sólo padecido por el califa Ali (asesinado en el año 661 de nuestra era, cuando iba camino de la mezquita), sino también el de sus hijos Hasan (del cual se pensaba que fue envenenado) y, sobre todo, Husayn y su séquito, unas doscientas personas, que cayeron en una emboscada tendida por un rival, el usurpador califa Yazid. Aquel grupo pasó diez días sin agua, combatiendo sin cesar al enemigo, bajo el tórrido calor del desierto iraquí, cerca de Karbala, hasta que uno por uno, murieron todos, acontecimiento que se recuerda anualmente, en los intensos autos purificadores, en aras de los cuales, los fieles shiíes de todo el mundo, afrontan la miseria del sufrimiento y la muerte. En las lamentaciones de la “Ashura”, nombre que recibía la privación de agua y la batalla en sí, los hombres se golpean el pecho desnudo, hasta hacerse sangre, sin dejar de entonar cánticos, letanía y gemidos, hasta entrar en un frenesí inenarrable, en carne viva. Los aullidos y los gimoteos, quedan flotando en el aire. Los hombres y las mujeres se desmayan por igual, presa de un éxtasis místico.