Aristóteles. “Ética a Nicomáco”. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Decía Aristóteles en el “Protréptico”: “En realidad, una sola golondrina no hace primavera, ni un solo día; ni siquiera una jornada, ni un periodo breve de tiempo, proporciona la felicidad”.
Aristóteles profesa la doctrina socraticoplatónica, según la cual la esencia del hombre consiste en el alma y, precisamente, en la parte racional del alma, en el intelecto. Nosotros somos nuestra razón y nuestro espíritu. El hombre bueno, dice expresamente Aristóteles, “actúa mediante la parte racional de sí mismo, que parece constituir a cada uno de nosotros”. Y, además: “Está pues claro, que cada uno es sobre todo intelecto y, que la persona moralmente idónea, lo ama sobre todas las cosas”. Y finalmente: “Y si ella (el alma racional y, en especial, la parte más elevada de esta, es decir, el intelecto) es la parte dominante y mejor, todo parecería indicar, que cada uno de nosotros, consiste precisamente en ella”.
Y puesto que este es el fundamento mismo de la ética socráticoplatónica, no debe sorprendernos que Aristóteles, aceptando esta base, concluya por ponerse de acuerdo con Sócrates y con Platón, en mucho mayor grado, del que se supone generalmente. El Estagirita considera que los valores auténticos, no pueden ser ni los externo (como las riquezas), que afectan de manera tangencial al hombre, ni los corporales (como los placeres) que no se refieren al verdaderos yo del hombre, sino los del alma, puesto que “el verdadero hombre es el alma”: “Habiendo pues, repartido los bienes en tres grupos: los llamados externos, los del alma y los del cuerpo, diremos que los correspondientes al alma, son los principales y lo más perfectos”. Los bienes verdaderos del hombre son los espirituales. Estos consisten en la virtud de su alma y, precisamente, en la virtud está la felicidad. Cuando nos referimos a la virtud human, no hablamos de la virtud del cuerpo – aclara de forma inequívoca Aristóteles – sino de la del alma y, decimos que la felicidad, es una actividad propia de ésta.
El “cuidado socrático del alma” sigue siendo pues, también para Aristóteles, la única vía que conduce a la felicidad. A diferencia de Sócrates y sobre todo de Platón, Aristóteles considera indispensable, “disponer de suficientes bienes externos y de medios de fortuna”. Pues, aunque estos con su presencia, no pueden proporcionar la felicidad, la pueden malograr o comprometer (al menos en parte) con su ausencia. Y, a esta revalorización parcial de los medios externos, se asocia también, cierta revalorización del placer, que, para Aristóteles, constituye la corona que remata la vida virtuosa. Es como la consecuencia necesaria, de la que la virtud es el antecedente.
La felicidad se define, pues, como “la actividad del alma según la virtud”. Está claro, por tanto, que cualquier profundización ulterior, del concepto de “virtud”, depende del ahondamiento del concepto de alma. Ahora bien, recordemos que, según Aristóteles, se distinguen tres “partes” en el alma, dos irracionales, es decir, el alma vegetativa y el alma sensitiva y, otra, el alma racional, el alma intelectiva. Y como cada una de estas partes, desarrolla su actividad peculiar, así también cada una tiene una virtud o excelencia especial. Sin embargo, la virtud humana, es “sólo aquella en la que interviene la actividad de la razón”.
a) En realidad, el alma vegetativa es común a todos los vivientes: “La virtud de tal facultad viene a ser, por tanto, común a todos los seres y, no específicamente humana”
b) En cambio es diferente, el razonamiento relativo al alma sensible y concupiscible, que, aun siendo de por sí irracional, “participa, sin embargo, en cierto modo, de la razón”.
Está claro, pues, que existe una virtud de esta parte del alma, que es específicamente humana y, que consiste en dominar, por así decirlo así, estas tendencias y estos impulsos, que son inmoderados por su naturaleza, a la que el Estagirita llama “virtud ética”.
c) Finalmente, puesto que existe en nosotros un alma puramente racional, deberá corresponder también una virtud peculiar, a esta parte del alma, que será la “virtud dianoética”, o sea la virtud racional.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.