El Nilo Azul. Bruce. El regreso. VI
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
El Libro de Bruce, cuando apareció en 1790, a los 17 años de su regreso a Escocia, fue una elegante obra en cinco grandes volúmenes, titulado: “Viajes para descubrir las fuentes del Nilo, en los años 1768, 1769… por James Bruce de Kinnaird”, y estaba dedicado al rey Jorge III. En el prefacio Bruce declara, que no se dignará dar repuestas a “ningún reparo u objeción vana o condenatoria”, que los críticos pudieran plantear: Lo escrito, escrito está”.
“Sus enemigos”, señala su biógrafo, “habían aguardado el libro impacientemente, pluma en ristre, como Shylock afilando su cuchillo y, no bien fue publicado, Bruce se vio desposeído, de lo que era realmente más caro a su corazón: el honor y la reputación. De nada sirvió aguantar la tormenta que se le vino encima; imposible nadar contra la corriente que lo arrastraba. Sus volúmenes cayeron en el descredito general”.
Para Walpole (primer ministro inglés) los cinco tomos eran “insípidos y caros”. Diríase que no había extremo, al que no se entregara el Londres literario, para hacer de Bruce un hazmerreir. Apareció una nueva edición del barón Munchausen, con el título: “Gulliver resucitado: los Singulares Viajes, Campañas, Travesías y Aventuras Deportivas del Barón Munnikhouson, pronunciado habitualmente Munchausen; según las relata ante una botella rodeado por sus amigos”. Estaba dedicado a James Bruce.
Taciturno y furioso, Bruce se esconde en su concha de Escocia. De tanto en tanto, efectúa breves visitas a Londres, pero permanece, la mayor parte del tiempo, con su familia en Kinnaird. La noticia de la Revolución Francesa y, la ejecución de su antiguo patrocinador Luis XVI, acrecienta su antipatía hacia el mundo exterior. De vez en cuando montaba en cólera, como el día en que un invitado a una fiesta campestre, cometió la imprudencia de aseverar que era imposible que los etíopes pudieran comer carne cruda. Bruce fue a la cocina y, regresó con un pedazo de buey crudo, que había salpimentado al estilo etíope. “O se come esto, señor mío, o se bate conmigo” fueron sus palabras. Cuando el infortunado huésped hubo acabado todo el filete, Bruce comentó, “ahora señor, nunca más volverá a decir que es imposible”. El último acto fue trágico. Bruce había estado celebrando una gran fiesta en Kinnaird cuando, tras acompañar a uno de sus invitados, corre escaleras arriba en busca de otro, tropieza, cae y se da en la cabeza. Vivió algunas horas, pero ya no recuperó la conciencia. Tenía exactamente 64 años.
Todavía hoy se hace un poco difícil, valora la importancia de Bruce, en los viajes africanos. Hasta mucho después de su muerte – unos 40 años por lo menos – su obre fue tenida por muchos, como una fantasía romántica y, los críticos siguieron atacándola. Sin embargo, desde un buen principio, fue un éxito popular. En los últimos 150 años, ha conocido sucesivas reimpresiones y, ha sido leída en todo el mudo. Los ejemplares de la primera edición, otrora quemados como papel inútil en Dublín, tiene hoy en día un alto precio, en las tiendas dedicadas a la venta de libros. Sin embargo, esto no explica, por qué sus coetáneos, no acabaron de ver en ella, una obra de primera importancia y, originalidad sujeta a la verdad en lo hechos más fundamentales y, que suponía un gran adelanto, en el conocimiento científico y geográfico de Etiopía en aquella época. Nadie dudó del capitán Cook – contemporáneo de Bruce – que volvió con historias, de cosas no menos maravillosas del Pacífico Sur.
Pero la figura de Bruce, tal vez fuera aún más controvertida. Si nadie le creía, tampoco se le ignoraba. Dio vida a una leyenda y, exaltó la imaginación de la gente, en una época en que las ambiciones y la política europeas, estaban en expansión, Bruce vuelca las miradas en el Nilo. Se andaba gestando una nueva generación, más científica, de exploradores y hombres de acción. Y, poco después, sus representantes más cabales, hombres como Browne y Burckhard, empezaban a descubrir que Bruce, lejos de ser un novelista, era un guía muy de fiar. Poco a poco salvaron los enredos de su libro, hasta el corazón mismo de la historia que contaba, encontrándola increíblemente sólida.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.