El Nilo Azul. Bruce. El regreso. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Al parecer James Bruce confiaba seriamente, en que su prometida María, le esperaría, sin cartas ni noticias de ningún género y, durante doce años.
Como era de esperar no fue así. María se había convertido en la esposa, de un aristócrata italiano, el marqués Filippo d’Accoranboni y, vivía en Roma. Bruce se presentó violentamente ante el asombrado marido, con un resultado que podría haber sido devastador, si no hubiera estado tan cerca de la bufonada: recordemos sus 1,95 m de estatura y, que, por entonces, además de muy irritable, era un tipo enjuto, curtido por la intemperie. Exigía una reparación y, a falta de la misma, un duelo. El italiano, horrorizado, escribe una carta, explicándole que nunca había oído hablar de Bruce, hasta ese momento y, que, a la sazón, se apresuraba a ofrecerle sus excusas, si alguna ofensa le había infringido. Con esto, Bruce se dio por satisfecho, tras lo cual se instaló por un invierno, en Roma. Visita al papa Clemente XIV y, recibe tratamiento para su pierna.
En la primavera de 1774, se dirige de nuevo al norte, pero aún tardará en decidirse y, hasta junio no saltará de París a Londres. Al principio las cosas fueron bien. Las sociedades eruditas y los salones de Londres de buen tono, estaban más que dispuestos a oír, lo que Bruce tenía que contar. Sin embargo, enseguida se hizo patente, que le escuchaban no con respeto, sino por diversión: el tipo de diversión que se reserva a los cuentistas maravillosos, como el barón de Munchausen ¿Qué demonios era todo eso, de cortar filetes a las vacas? Y que divertido resultaba el pobre hombre, con sus bárbaros emperadores, sus jeques, sus novias, sus esclavos negros y sus hipopótamos. Todo era demasiado bueno, para ser verdad. La Tierra del Preste Juan, había resultado ser, la tierra del prestidigitador Bruce.
El destino del explorador, quedó definitivamente marcado, cuando el Dr. Samuel Johnson cargó sobre él. Johnson, ya anciano, estaba muy interesado por Etiopía. Cuarenta años antes había traducido al inglés, el “Viaje a Abisinia” del padre Lobo. Éste había sido su primer trabajo literario y, en el prefacio a la obra, ofrece la siguiente vigorosa descripción johnsoniana: “Diríase, a juzgar por su modesto y desapasionado relato, que el padre Lobo ha descrito las cosas como las viera; ha reproducido la naturaleza a partir de vivencias; y ha tenido en cuenta los sentidos, no la imaginación. No se ha cruzado con basiliscos que ciegan la mirada; sus cocodrilos devoran las presas, sin derramar lágrimas; y sus cataratas se precipitan por la roca, sin ensordecer a las gentes de sus alrededores”.
Teniendo como tenía, semejante opinión sobre el padre Lobo, Johnson no acogió nada bien, la calificación de embustero, que Bruce hizo de aquel. Al contrario, encontró a Bruce muy poco digno de confianza, vio en él a un hombre, que se atenía más a la imaginación que a los sentidos y, que nada tenía de modesto. Por uno de sus biógrafos sabemos que Johnson comentó, “que cuando converso por vez primera con Mr. Bruce, el viajero de Abisinia, se sintió muy inclinado a creer que había estado allí, pero que más tarde había cambiado de parecer”.
Bruce estaba ofendido y disgustado. “En cuanto descubre”, cuenta su biógrafo, “que en Inglaterra la opinión pública, está contra él, con resentida indignación, decide retirarse a su propio país… su temperamento era demasiado orgulloso, para aceptar una sonrisa por expiación, por un bárbaro prejuicio y un insulto injustificado.
Edimburgo le acoge mejor y, otro tanto hicieron sus propiedades de Kinnnaird que, si bien muy necesitadas de atención, incluían varias minas de carbón valiosas. A los dos años contraía matrimonio con Mary Dundas, nieta del conde de Lauderdale, encantadora muchacha que había nacido el mismo año, en el que muriera la primera esposa de Bruce, así que era 24 años más joven que su marido. Tuvieron varios hijos y, Bruce, rico y propietario de una hermosa mansión (que reconstruyó) se sentía bastante feliz, prodigando mecenazgo y hospitalidad.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.