La sexualidad de los vikingos. XII
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Los insultos homofóbicos, se emplean tanto en las sagas como en los poemas vikingos. Y las referencias a estos en las leyes es tan frecuente que, por fuerza, tuvieron que ser bastante comunes.
Un ejemplo arqueológico, vale como muestra, de lo que es una constante tediosa. Se trata de una inscripción rúnica tallada sobre un hueso, que alude a una segunda inscripción, grabada en las paredes de una iglesia. El texto toma la forma de un diálogo y, está escrito por dos manos distintas (M1 y M2) lo que implica que dos personas se lo pasaron y, escribieron por turnos, en él.
M1: ¿Qué has grabado en la iglesia de la cruz?
M2: Óli no se ha limpiado y le dan por el culo
M1: ¡Suena bien!
“Nid” de este tipo, estaban tipificados formalmente. Las leyes “Gulathing” noruegas, de la Alta Eda Media, por ejemplo, describen los “trenid”, ‘nid de madera’, como una imagen tallada de dos hombres, realizando el acto sexual, o una descripción rúnica de esa escena. También existían los “nid” verbales, una afirmación difamatoria, que implicaba prácticas homosexuales. Declaraciones de este tipo eran “fullrétisord”, palabras que debían castigarse con la pena completa. Una categoría adicional de “exageraciones”, comprendía acusaciones de cosas vergonzosas, que no podían suceder en vida, pero que, aun así, causaban cierta repulsión, como afirmar que un hombre, había dado a luz. Existían más categorías de este tipo y, todas conllevaban la proscripción, igual que el asesinato y la violación. En esencia, este castigo, dejaba literalmente a la persona, sin la protección de la ley y, con ello, la exponía a ataques o agresiones, sin derecho a reparación.
En el corazón de los “nid” y de la homofobia de la época vikinga, estaba la creencia de “que un hombre que se somete a otro, en asuntos sexuales, lo hará también en otras cuestiones”. La clave de estos indultos, no era tanto la acusación de una supuesta perversión sexual, sino el ataque al honor del oponente, que suponían. En parte, para los vikingos, el honor definía el género cultural y, también dependía parcialmente de él, para tener sentido. Lo que hoy nosotros llamamos orientación sexual era, en la época vikinga, algo completamente vinculado, a unos códigos mucho más amplios y profundos, de comportamiento y dignidad, que se extendían más allá, de las preferencias físicas y emocionales. Los “nid” unían conceptos sexuales y éticos y, los entrelazaban con las nociones prevalentes, de lo masculino y lo femenino. Nada de esto implica desprecio hacia las mujeres: ser femenina y afeminado, no eran lo mismo.
Las mujeres podían, en ocasiones, adoptar los papeles sociales de los hombres, además de ejercer el poder, en sus específicos e importantes dominios. Sin embargo, no se aceptaba que las mujeres tuvieran un aspecto masculino, ni que trataran de ser simbólicamente hombres (como la mujer de Laxardal, de la que ya hablamos, que llevaba pantalones). Para los hombres no existía esa flexibilidad y, no se perdonaba que un hombre adoptara ningún aspecto de las vidas o deberes femeninos. Es importante fijarse en lo dicho, pues era el género el que era limitado en los hombres, mientras que el femenino era, hasta cierto grado, ilimitado. Al mismo tiempo, las muestras de masculinidad, eran una de las piedras angulares, de los cimientos sociopolíticos. Los “nid” desafiaban esto, pero también lo afirmaban, pues lo que eran acusados mediante estas difamaciones, debían defenderse y, en consecuencia, refrendar con energía, las normas aceptadas de división de poder, entre los géneros.
Quizá la mayor posibilidad, de recuperar la experiencia “queer” en la época vikinga, la tengamos en el análisis de su magia y, de sus papeles en la sociedad. Todos los niveles de comunicación, entre la comunidad y los demás poderes, formaban parte de la práctica de la brujería, que sólo se aceptaba que ejercieran las mujeres. Los hombres podían y, de hecho, practicaban la magia, pero parta ello, debían entrar en un estado de “ergi”, convertirse en un “rarg” y, cargar con todo el peso, de las connotaciones de afeminamiento. Existe un léxico variado, para el mundo de los hechiceros, igual que para sus homólogas femeninas, pero alguna de las palabras que se aplican a los hombres, son peyorativas. Incluyen referencias a animales hembra (vacas, yeguas, perras…) y, de nuevo, a su capacidad de dar a luz. Categorías enteras de “nid”, surgían en el contexto de la magia, como, por ejemplo, la afirmación de que un hombre, había engendrado nueve lobos, con una hechicera.
Al parecer, había algo en la mecánica y los utensilios, empleados en los rituales mágicos, que tenía connotaciones explícitamente sexuales, apropiadas, por cuestión de género, para las practicantes femeninas, pero que habrían atribuido a un hechicero, un papel afeminado. La principal herramienta del brujo, era una vara de metal que, probablemente, se sostenía entre las piernas mientas se rotaba (al parecer, eran ruecas simbólicas y, se utilizaban para “rebobinar”, el alma viajera del hechicero o hechicera, que estaba unida al cuerpo, por una especie de hilo espiritual). Varios de los términos que se empleaban, para referirse a esas varas, son sinónimos del órgano masculino. Las descripciones nos hablan, de cómo las practicantes de magia las “montan” y, la postura corporal es sugerente. Algunos académicos también han propuesto, que las varas se empleaban literalmente, para realizar penetraciones sexuales, como parte de rituales, con claros objetivos carnales. Incluso en las tallas medievales, vemos imágenes de brujas desnudas, con ruecas entre las piernas; una referencia muy clara, a una sexualidad retorcida.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.