Talleyrand. La Revolución, al fin. V
La relación de Talleyrand con Adélaïde de Flahaut, madre de su hijo desde 1785, no se había acabada y, la visitaba siempre que podía en su apartamento del Louvre. Allí se cruzaba con su rival en el corazón de la dama, el también cojo gobernador Morris, representante en París del presidente Washington. Morris llevaba un diario de los acontecimientos, empezado antes de la toma de la Bastilla, en el cual calificaba a Talleyrand de “agudo, astuto, ambicioso y malicioso”. También lo trataba en el salón de los Necker y, constató la enorme admiración de que Germaine sentía por el abbé de Périgord. El hombre, americano al fin, juzgaba su conversación brillante en exceso y, confesaba “no sentirse en su constelación”.
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