El átomo y los atomistas. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Partiendo de lo escrito con anterioridad, su último punto nos lleva a examinar más detenidamente, el mecanismo responsable, según los atomistas, de este proceso esencial de las colisiones asociativas, que están en la base de la generación de las cosas y, de los mundos. Su formulación adopta, a veces, dos expresiones diferentes: algunos autores (Cicerón, Lactancio, Simplicio) afirman que los atomistas, la atribuyen a los efectos del “azar”; otros (Aecio, Diógenes de Oenoanda, Aristóteles y, en algunas ocasiones
Cicerón y Simplicio) la relacionan con la “necesidad”. Sin embargo, esta oposición, según algunos, sería puramente aparente, pues en el contexto en que se utilizan, las dos expresiones parecen ser equivalentes. Así, J. F. Duvernoy escribe: “Las colisiones atómicas se producen por azar; pero posiblemente no pueden producirse de otro modo, ni ser diferentes de cómo son”. De un modo todavía más explícito, Brunschwig afirma que, en esta concepción, “la necesidad y el azar no se oponen entre sí, sino que juntos se oponen a la acción de una inteligencia, o de una providencia, como lo harían el mecanicismo y el finalismo; el azar parece no ser más que el nombre que damos a la causa, cuando esta es desconocida o incognoscible”. Jean d’Ormesson dirá elegantemente, que “azar y libertad son los nombres temporales de la necesidad”. Destaquemos lo que estas dos presentaciones tienen en común: la afirmación del gobierno del mundo por una ley natural, una física decididamente mecanicista, sin intervención de lo divino o de fuerzas misteriosas, sin intervención de lo divino o de fuerzas misteriosas, sin intención ni finalidad alguna. Según Nietzsche, Demócrito (que le interesa mucho más que Leucipo) habría sido el primero en formular, la noción de “una concepción antropomórfica de lo mítico”, el “primer racionalista”, partidario de una causalidad sin finalidad.
La tentativa de estos primeros atomistas, de elaborar una teoría de la sensación, mediante la distinción entre las propiedades primarias y secundarias, objetivas y subjetivas o, para utilizar el leguaje de estos pensadores, tal como nos lo han legado los escritores antiguos, “las que existen por naturaleza y, las que existen por convención” (Aecio), o también, las que constituyen “la forma de conocimiento legítimo y, las que representan una forma bastarda de conocimiento” (Sexto Empírico). El significado de esta distinción, lo presenta excelentemente Galeno: “En efecto, el color es por convención, por convicción lo dulce, por convención lo amargo y, en realidad, no hay más que átomos y vacío, asegura Demócrito; es a partir del encuentro entre los átomos, como se producen todas las cualidades, sensibles para nosotros los que las percibimos y, por otro lado, por naturaleza nada es blanco, negro, amarillo, rojo, amargo o dulce. Con el término ‘convención’ quiere decir ‘relativo a la costumbre’ y ‘relativo a nosotros’ y, no de acuerdo con la naturaleza de las propias cosas, lo que él designa también con la frase ‘en realidad’, forjando este término a partir de la palabra ‘real’, que designa lo verdadero. Y el sentido completo de esta fórmula, es el siguiente: la gente cree que existe lo blanco, lo negro, lo dulce, lo amargo y, otras cualidades parecidas, pero en realidad, todas las cosas están hechas de ‘ser’ y de ‘nada’. Y ‘ser’ es el nombre que da a los átomos y, ‘nada’ el que da al vacío”.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.