Talleyrand. La revolución al fin. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Como dijo Mirabeau al rey el 1 de septiembre de 1970: “El actual ministro de Finanzas (Necker) no se encargará de dirigir, como debe ser, la gran operación de los asignados-monedas. No entra fácilmente en su concepción y, el recurso de los asignados-moneda no la ha ideado él; incluso se ha propuesto combatirlo. Ya no gobierna la opinión pública. Se esperaba de él milagros y, no ha sido capaz de salir de una rutina que se opone a las circunstancias”. A la vista de todo ello, a Necker solo le queda dimitir y, lo hizo el 3 de septiembre de 1790. Tras su dimisión, se retiró a Suiza, a su castillo de Coppet, donde siguió escribiendo hasta su muerte, ocurrida en 1804. No volvió a pisar Francia y, fue su hija quien se encargó de coger el testigo y, mantener en vigor su herencia intelectual e ideales políticos.
Talleyrand tampoco simpatizaba con Necker, aunque fuera amigo de su hija. Tenía muy claro cuáles eran sus intereses y, a pesar de que las circunstancias le obligaron a moverse mucho por Europa y, siempre lo hizo al más alto nivel, puesto que residió con comodidades regias en Berlín, Varsovia y Londres, ciudad en la que vivió casi cuatro años al final de su vida como embajador de su país, nunca concibió una felicidad absoluta para sí mismo fuera de Francia, del mismo modo que Mme de Staël, nunca la concibió fuera de París.
En las semanas previas a la toma de la Bastilla, Charles-Maurice se esforzó proponiendo leyes sensatas a la Asamblea y, procurando por todos los medios y, sin demasiado éxito, atraer a los moderados a su campo. Desde el punto de vista político, le costó poco esfuerzo abandonar las filas del clero para unirse a las del pueblo. Otros clérigos lo hicieron, entre los que se contaban algunos obispos. Sea como fuere, en los primeros momentos nunca se opuso frontalmente a lo que ya era una revolución. En el curso de una partida de whist dijo a la anfitriona, que le reprochaba su simpatía “por el pueblo”: “Acepté la verdad señora: después de la manera como hemos estado viviendo, la revolución que hoy tiene lugar en Francia es indispensable. Y esta revolución acabará resultando útil”.
En la Asamblea no cesaba de presentar propuestas sobre las cuestiones que más le interesaban. Frente a él se erguía la imponente figura de su amigo/enemigo Mirabeau, un auténtico crápula, pero un pico de oro, cuya oratoria encendida causaba estragos, sobre todo cuando se intuyó que el rey quería desconvocar la Asamblea, porque ya no tenía sentido seguir hablando de estados Generales. Mirabeua comparaba la asamblea con “un asno díscolo que solo cabía montar con mucho cuidado”.
Pues eso.
(Continuara)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.