Bertrand Russell. Sobre el disparate intelectual. V
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Según Bertrand Russell, la propia importancia, individual o genética, es la fuente de la mayoría de nuestras creencias religiosas. Incluso el pecado, es un concepto derivado de la propia importancia. Barrow relata cómo se encontró con un predicador galés, que estaba siempre melancólico. Gracias a un cordial interrogatorio, le llevó a confesar la causa de su pena: que, a la edad de siete años, había cometido un pecado contra el espíritu Santo. “Mi querido amigo – replicó Barrow -, no permita que eso le preocupe.
Conozco a docenas de personas, que se encuentran en igual caso. No se imagine por eso separado del resto de la humanidad; si averigua, descubrirá que hay multitudes que sufren de lo mismo. Desde ese momento el hombre quedó curado. Había gozado sintiéndose singular, pero no existía placer alguno, en ser miembro de un rebaño de pecadores. Los teólogos se complacen, con la sensación de que el hombre es el objeto especial, de la ira de Dios. Después de la caída, como nos asegura Milton:
“El Sol tuvo primero por precepto de tal modo moverse,
de tal modo brillar
que pudiese afectar a la Tierra con calor y frío
apenas tolerables, y del Norte llamar
al decrépito Invierno, y del Sur traer
el solsticial calor del Verano.”
La importancia del Hombre, la cual constituye el único dogma indispensable para los teólogos, no recibe respaldo alguno, de una visión científica del futuro del sistema solar.
Shakespeare relata, cómo la víspera de que Cesar fuere asesinado,
“Un siervo ordinario – a quien conocía de vista –
Levantó la mano izquierda, que llameó y ardió
como veinte antorchas juntas, pero su mano
insensible al fuego, no se chamuscó siquiera.
Además – desde entonces no he envainado la espada
frente al Capitolio encontré un león,
que me miró con ojos ardientes y se alejó encolerizado,
sin hacerme mal; y apiñadas,
cien lívidas mujeres,
transformadas por el terror, que juraron haber visto
a hombres envueltos en llamas, paseándose por las calles”.
Shakespeare no invento estas maravillas; las encontró en reputados historiadores, que se encuentran entre aquellos, en los que podemos confiar, para nuestro conocimiento acerca de Julio Cesar.
Todas las emociones poderosas, tienen su propia tendencia mitogenética. Cuando la emoción es peculiar de un individuo, se considera a este más o menos demente, si da crédito a los mitos que ha inventado. Pero cuando la emoción es colectiva, como en la guerra, no hay nadie que corrija, los mitos, que naturalmente surgen. En consecuencia, en todos los tiempos de gran excitación colectiva, los rumores infundados, obtienen amplio crédito.
Las falacias sobre “raza” y “sangre”, que siempre han sido populares y, que lo nazis incorporaron a su credo oficial, no tiene ninguna justificación objetiva: se cree en ellas, únicamente porque contribuyen a la autoestima y, a los impulsos hacia la crueldad.
En una forma u otra, estas creencias son tan antiguas como la civilización; sus formas cambian, pero su esencia se conserva. Heródoto nos relata, cómo Ciro fue educado por campesinos, en completa ignorancia de su sangre real; a la edad de doce años, su regio comportamiento, hacia otros chiquillos campesinos, reveló la verdad. Ésta es una variante de una antigua historia, que se encuentra en todos los países indoeuropeos. Hasta la gente bastante moderna, dice que “la sangre habla”. Es inútil que los fisiólogos científicos, aseguren al mundo, que no existe diferencia alguna, entre la sangre de un negro y, la sangre de un hombre blanco.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.