Talleyrand. La revolución, al fin. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Enfrentado Talleyrand con Mirabeau (aunque en el fondo estaban de acuerdo en casi todo) Charles -Maurice ejercía de “voz de la razón” y, en un tono mesurado e inteligible, exponía sus puntos de vista sin renunciar, cuando era necesario, a “agarrar el toro por los cuernos”. No era un orador y leía sus intervenciones, algo que redundaba en su claridad, si bien la privaba de gancho. Además, los diputados carecían de formación democrática y, queriendo mantenerse fieles ad pedem litterae, a las instrucciones recibidas de sus electores, no se sentía facultados para votar libremente, a partir de los argumentos que se le exponían. Más todavía: cuando las deliberaciones no avanzaban por el camino esperado o previsto, se levantaban, por más que Talleyrand se desgañitara en insuflarles “cultura democrática”.
Para resolver este problema, Charles-Maurice propuso a los diputados que quemaran sus mandatos e, invocó los principios de la “voluntad general” y, de la libertad deliberante de la Asamblea. Prohibir a un diputado deliberar o intimidarle a retirarse “supone que la voluntad general se vea subordinada a la voluntad particular de un municipio o una provincia”. Con este argumento, que acabó siendo aceptado, Charles- Maurice no hizo la Revolución, pero le entreabrió la puerta al desligara los diputados, de los juramentos prestados a sus electores.
¿Y que ocurría en París mientras en Versalles los representantes de los tres órdenes, hoy convertidos en una única masa de 1.200 diputados desligados de sus mandatos, escuchaban propuestas que, a veces, apenas entendían y, cuando las daban por buenas, se enfrentaban a la espinosa cuestión de cómo hacerlas realidad? Talleyrand dejó de vestir la indumentaria episcopal y la cruz pasó a ocultarse debajo de la camisa, si no fue depositada en un cajón. El odio callejero contra el clero y la nobleza, iba engordando como el vientre de una vaca embarazada de trillizos.
Y, sin embargo, la vid a de salón no había muerto y, el de Mme de Staël, la hija de Necker y amante de Narbonne, era el más concurrido. Germain hallaba a Charles-Maurice brillante por sus intervenciones y, sobre todo, por su conversación insuperable, que era la vara de medirlo todo de la embajadora de Suecia. Se hablaba, incluso, de la posibilidad de hacerlo ministro, aunque el hombre remoloneaba.
Pues eso.
(Continuará. )
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.