¡Qué diferencia con lo que hemos publicado en el artículo anterior, respecto al universo intelectual milesio ¡En el fondo todo se deriva de la premisa inicial! Dios, causa primera, al crear el mundo e imponerle sus leyes, proporciona una respuesta precocinada, a las cuestiones sobre el origen de las cosas. En cambio, la elevación del agua a “sustancia primordial” (Tales) comporta, casi automáticamente otras propuestas: la del del aire (Anaxímenes) o la del fuego (Heráclito de Éfeso), Como, naturalmente, ninguna de esas sustancias podía dar una respuesta satisfactoria, a las cuestiones suscitadas, se allanaba el camino, a la aparición de tentativas más elaboradas: la teoría de los dos elementos, de la que se hace eco Parménides de Elea; la teoría de los cuatro elementos – agua, fuego, aire y tierra – de Empédocles de Agrigento, adoptada por Aristóteles (que añadirá una quinta substancia, el éter)… De este mismo semillero intelectual, surgirá otra tentativa aún más fértil, la de los átomos, que comportará a su vez, como veremos más adelante, problemáticas como las de lo discontinuo, el vacío, el infinito… etc. De este modo, un feliz arranque a partir de una idea falsa permite, por un efecto de bola de nieve, un desarrollo de proposiciones contradictorias o complementarias que, a fuerza de restructuraciones y de perfeccionamientos, en una dialéctica de discusiones, aseguran una dinámica intelectual, a la base del desarrollo de la ciencia. Pero no nos engañemos: el milagro griego es prodigioso, pero no tanto por su contenido como por los horizontes que abre. Como escribe M. A. Rey en “La juventud de la ciencia griega”: “Este es un momento crucial… Es la entrada en escena de la Ciencia, concebida en su universalidad, bajo su aspecto lógico y racional… Jonia fundó una ciencia, que se ha convertido en nuestra ciencia occidental, nuestra civilización occidental. Ella es la primera realización del milagro griego y, también, la clave del mismo”