Talleyrand. Ensayo general. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Ya un siglo antes de la Revolución la Iglesia francesa, a pesar de su inmensa riqueza (o, quizá, a causa de esta) estaba a la defensiva. La opinión pública se hallaba, cada día más en contra de su poder y de sus privilegios. Los Philosophes, empezando por el deísta Voltaire, la habían ridiculizado sin piedad y, el pilar central que sostenía el orden antiguo, la vieja iglesia del gran Bossuet, que seguía proclamando el derecho divino de los reyes, a dirigir a su gusto la vida de sus súbditos, empezaba a agrietarse. Bossuet, que distaba mucho de ser un necio, ya vislumbraba un final, quizá inevitable, que daría al traste con todo lo que él y los suyos habían venido defendiendo, desde los tiempos de Teodosio hasta Trento. Como el mismo escribió:
“Veo prepararse un gran combate contra la Iglesia en nombre de la filosofía cartesiana. Veo nacer de su seno y de sus principios, a mi juicio mal entendidos, más de una herejía y, preveo que los ataques que se lanzan contra los dogmas que nuestros padres han creído, acabarán por hacerla odiosa y, hacerle perder todos los frutos que podía esperar, de su labor de inculcar en el espíritu de los filósofos, la divinidad e inmortalidad del alma”.
Profético, Bossuet murió en 1704. Faltaba menos de un siglo para 1789. Por otro lado, los rumores persistentes de confiscación de los bienes del clero de Austria en 1782, por orden del gran masón que era José II, que la Gazette de France propagó en abril de 1782 con la bendición del Gobierno, hicieron sonar todas las alarmas e, indujeron al obispo a Autun a escribir a Charles de Vergennes, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores, una carta en los siguientes términos:
“Su sincero amor por la religión es demasiado bien conocido, señor, y estoy convencido de su respeto a las leyes, de su equidad, de la amplitud de sus luces, de la prudencia y sabiduría de sus opiniones, para que estas reflexiones temerarias e indiscretas que circulan, puedan levantaren mí la menor alarma”.
Esta carta permite adivinar ya, el gran diplomático que será el hombre que la escribió. El altivo Vergennes le hizo saber, que no albergaba la menor intención de dañar al clero. Sin embargo, el inteligente Talleyrand empezó a buscar medidas, para mejorar la opinión que la calle tenía de la Iglesia. De todos modos, con independencia de la opinión, mayoritaria negativa, que la sociedad pudiera tener del clero, una parte importante del propio clero, era el primer elemento descontento con la forma en que la Iglesia se administraba.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.