Niels Bohr y Ernest Rutherford. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
Como decíamos, Ernest Rutherford se aseguró de que Bohr contara con los servicios del mejor hombre disponible. Y éste resultó ser un alemán. Llamado Otto Baumbach.
Sólo el inmenso prestigio de Rutherford, pudo garantizar que un extranjero de una nación enemiga, tuviera las manos libres para dirigir un laboratorio en plena guerra. Pero por desgracia, el experto soplador de vidrio Otto, no tardó en sentirse incómodo, trabajando solo en territorio enemigo. En momentos estrés, tenía la manía de pronunciar airados discursos de propaganda antibritánica. Aunque a diferencia de los demás, a Niels Bohr no le preocupaba: “Todos los buenos sopladores de vidrio son temperamentales”, dijo. “Lo único que hace es desahogarse con estas tonterías ultrapatrióticas”.
Al final, la situación superó a todos y, tras una serie de incidentes inflamatorios, Otto fue detenido e internado.
A medida que iba siendo reconocida, la enorme importancia de los trabajos de Bohr, las autoridades danesas empezaron a comprender su pérdida. En un gesto sin precedentes, la Universidad de Copenhague ofreció una cátedra a Bohr, a sus 30 años, con la promesa de que, si volvía, pondrían fondos a su disposición, paraque organizara un, instituto especial, desde el que podría continuar sus investigaciones.
En 1916, mientras las flotas británica y alemana, preparaban su encuentro cerca de la costa de Jutlandia, los Bohr hicieron el peligroso viaje de vuelta por el Mar Norte. Margarethe estaba embarazada y, unos meses más tarde, nació su primer hijo en Copenhague. El ateo Bohr llamó a su hijo Christian en honor su padre, también ateo.
El recuero de su estancia en Manchester, sería para Bohr muy profundo. Rutherford había llenado el vacío dejado en su vida, por la muerte de su padre. El serio, algo ingenuo y joven Bohr, vino a considerar al robusto y gran hombre (Rutherford) como una figura paterna y un modelo. Bohr nunca olvidaría el laboratorio de Rutherford en Manchester. Así era como se debía practicar la ciencia: en un ambiente de camaradería y discusión fructífera, en el que todos participaran. Si el joven Bohr hablaba, el gran Rutherford escuchaba. Cuando Bohr montara su propio instituto, como se le había prometido, no lo olvidaría y, el efecto sobre la ciencia sería incalculable. Me parece que no es exagerado decir que, al favorecer este tipo de ambiente en su propio laboratorio, Bohr revolucionaría la ciencia del siglo XX.
Pero no todos los que le conocieron, apreciaron su informalidad. Al convertirse en catedrático de física en la Universidad de Copenhague, se esperaba que Bohr compareciera vestido de chaqué y guantes blancos, a una audiencia con el rey.
Bohr apareció el día señalado y, fue formalmente presentado al rey Christian X, militar algo cascarrabias y, gran maniático de la etiqueta cortesana. El rey dio un cordial apretón de manos a Bohr y, dijo lo complacido que estaba, de conocer a tan gran futbolista. Bohr se sintió obligado a señalar, que ”él” no era el Bohr futbolista famoso, sino su hermano. El rey se quedó atónito. Una de las reglas básicas de la etiqueta cortesana, estipulaba que “nunca” había que contradecir al rey, dijera lo que dijera.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.