Talleyrand. Las mujeres. V
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Cuando Talleyrand pasó dos años y medio en el exilio, primero en Inglaterra y luego en EE.UU. la muy inteligente Mme de Flahaut, consiguió mantenerse con sus novelas, una de las cuales Adèle de Sénanges (Londres, 1794) parcialmente autobiográfica, obtuvo un notable éxito. Tras viajar por Suiza e, instalarse temporalmente en Hamburgo, donde ejerció de sombrerera, regresó a París en 1798 y, en 1802 contrajo un segundo matrimonio con el diplomático portugués dom José Maria de Souza Botelho Mourão e Vasconcelos, el cual, aunque se le ofreció la embajada de San Petersburgo, prefirió seguir instalado en París, hasta poner punto final a una edición maravillosa de “Os Lusiadas” de Camões (1817). Con la caída del primer Imperio, Adélaïde, ahora Mme de Souza-Botelho, desapareció de la vida social parisina, aunque siguió publicando novelas históricas. Fue la única amante de Talleyrand, que no mantuvo su amistad con él hasta la muerte, pero el obispo de Autun no dejó nunca de ocuparse de su hijo Charles (como su padre) de Flahaut.
Los sueños de Talleyrand no cesaban de concentrarse en la mitra episcopal, pero su aspiración parecía más difícil de obtener, de lo que había imaginado, a pesar de su posición privilegiada de sobrino del arzobispo de Reims. Sin embargo, había una mujer, que estaba decidida a ir más allá. Una de las grandes sacerdotisas de la corte, la condesa Louise de Brionne, veinte años mayor que él, decidió hacerlo cardenal. El derecho canónigo de la época lo permitía. La dama, perteneciente a la ilustre familia de los Rohan, se hallaba cada con un príncipe de Lorena. Tenía dos hijas que encantaban a Charles-Maurice: la mayor era la princesa de Carignan y, la menor, Charlotte de Lorena, entró en religión. Con todo, la preferida del futuro obispo de Autun, fue su nuera, la princesa de Vademont, que eclipsaba con su espectacular belleza y su refinada elegancia, a todas las mujeres que se exhibían en el salón de Brionne.
Las cuatro adoraban al curita de Périgord y, se conjuraron para obtener para él, el capelo cardenalicio. No contaban, sin embargo, con que Maria Antonieta iba a oponerse rotundamente. El rey se puso de parte de su esposa y, el capelo en juego fue a aterrizar sobre otra cabeza, con gran disgusto del interesado, aunque le hizo ganar, en compensación, el tierno afecto de Charlotte, que murió abadesa de Remimeront a los 30 años, tan enamorarada del abbé perigordino como el día en que le conoció y, de la Vaudémont, cuyo amor sobrevivió hasta los días en que las “modernas” redingotes, adaptación francesa del término inglés riding coat, de los súbditos de Luis Felipe de Orleans, sucedieron a las pelucas empolvadas de 1787.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.