Bertrand Russell. ¿Es supersticiosa la ciencia?
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
En el anterior artículo, nos referimos a dos libros que recomendaba Russell: Metaphysical Foundation of Modern Science” de Joseph Burtt Davy (1924) y, “Science and the modern World” (1926) de Alfred North Whitehead. Para los gustos de Russell, éste último era el más importante (Recordemos que Whitehead, había sido profesor de Russell y, que juntos escribieron Principia Mathematica (1910-13).
Por lo pronto hay el aspecto histórico de la ciencia. “No puede vivir una ciencia – nos dice Whitehead – si no hay una extensa convicción instintiva, en la existencia de un ‘orden de cosas’ y, en particular, de un ‘Orden de la Naturaleza’”. La ciencia sólo pudo haber sido creada – remacha Russell – por quienes ya tuvieran esa creencia y, por tanto, las fuentes originales de la creencia, debieron ser precientíficas.
Hubo otros elementos en la formación, de la compleja mentalidad necesaria, para el nacimiento de la ciencia. El concepto griego de la vida – decía Whitehead – era predominantemente dramático y, por tanto, tendía a dar importancia al ‘final’, más que al ‘principio’. Por otra parte, la tragedia griega, abundó en la idea del ‘sino’ y, facilitó la idea, de que los acontecimientos se hacen necesarios por leyes naturales. “El sino de la tragedia griega, se convierte en el orden de la naturaleza, del pensamiento moderno”. El Gobierno romano, a diferencia del déspota de Oriente no procedía (en teoría, al menos) arbitrariamente, sino de acuerdo con leyes preestablecidas. Análogamente, la cristiandad concebía a Dios, obrando de cuerdo con leyes, aunque fuesen leyes establecidas por Dios mismo. Todo esto, facilitó la formación del concepto de ley natural, ingrediente esencial de la mentalidad científica.
Las creencias no científicas, que inspiraron el trabajo de los sabios de los siglos XVI y XVII, están admirablemente expuestas por el doctor Burtt (de uno de cuyos libros, ya hemos hablado) ayudadas de muchas fuentes originales poco conocidas. Se ve, por ejemplo, que la inspiración de Kepler fue, en parte, un culto zoroastriano del Sol, que adoptó en una época crítica de su juventud. “Fue, primero, por consideraciones como la deificación del Sol y, su conveniente situación central en el universo, por las que Kepler se inclinó a aceptar el nuevo sistema, en los años de fervor adolescente y de imaginación exaltada”. Durante el Renacimiento, se produce una cierta hostilidad contra el cristianismo, basada en la admiración por la Antigüedad pagana. Generalmente no se manifestaba en público, pero condujo, por ejemplo, a una resurrección de la astrología, que condenó la Iglesia, por implicar un determinismo físico. La insubordinación al cristianismo, iba asociada a la superstición, casi tanto como a la ciencia. Algunas veces, como en el caso de Kepler, con ambas en íntima unión.
Pero hay otro ingrediente muy esencial también – desconocido en la Edad Media y, no común en la Antigüedad – a saber: los “casos irreductibles y rebeldes”. La curiosidad por los hechos se encuentra, antes del Renacimiento, en personas aisladas (por ejemplo, en Federico II y, en Roger Bacon); pero en el Renacimiento se generaliza, entre las personas inteligentes. En Montaigne no detectamos interés por la ley natural; ergo Montaigne, no era un hombre de ciencia. Hay un sabor especial de intereses particulares y generales, en el ejercicio de la ciencia. Se estudia lo particular, con la esperanza de obtener luz sobre lo general. En la Edad Media se creía que, teóricamente, lo particular podía deducirse de los principios generales. Pero en el Renacimiento se desacreditaron esos principios generales y, la pasión por la Antigüedad histórica, produjo un gran interés hacia los hechos particulares. Este entusiasmo, obrando sobre espíritus educados en las tradiciones escolásticas griegas y romanas, produjo el ambiente mental, que hizo posibles a Kepler y a Galileo. “La ciencia nunca se ha sacudido su origen, en la revolución histórica, de fines del Renacimiento”. Se ha conservado como movimiento predominante y antirracionalista, basado en una fe ingenua. El razonamiento necesario se lo pide a las matemáticas, que son una reliquia aún viva del racionalismo griego, que siguió al método deductivo.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.