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Mecánica cuántica. Einstein y Bohr. VIII


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Como ya avanzamos en el escrito anterior, Einstein leyó los artículos que Niels Bohr había publicado. Y, casi medio siglo después, recordaba que “las capas de electrones del átomo de Bohr y, su significado para la química, me parecieron – y siguen precediéndome – un milagro”. Se trataba, en opinión de Einstein, de “la forma de musicalidad más elevada de la esfera del pensamiento”. Lo que Bohr había hecho era, en realidad, tanto arte como ciencia. Utilizando la evidencia recopilada, de una amplia diversidad de fuentes, como el espectro de la luz y la química atómica, Bohr había ido esbozando los diferentes átomos, capa tras capa electrónica, los distintos estratos que configuran su modelo del átomo, hasta reconstruir los diferentes elementos de la tabla periódica.

En el centro de su enfoque, se hallaba la creencia de Bohr de que, aunque la regla cuántica se aplicaba a escala atómica, sus conclusiones no debían contradecir, las observaciones realizadas a escala microscópica, gobernada por la física clásica. Ese principio, al que denominó “principio de correspondencia”, le permitía eliminar las ideas de la escala atómica que, cuando se extrapolaban a niveles macroscópicos, no se correspondían con los resultados confirmados por la física clásica. Desde 1913, el “principio de correspondencia” había ayudado a Bohr, a salvar la distancia que separa a la física cuántica, de la física clásica. Algunos lo consideraban “una varita mágica que solo funciona en Copenhague”. Pero, aunque hubo quienes se esforzaron en rechazarlo, Einstein reconoció, en ello, a todo un brujo operando.

Sean cuales fueran, las reservas que albergasen, por falta de un fundamente matemático sólido, para apuntalar su visión de la tabla periódica, todo el mundo se hallaba impresionado, por las últimas ideas de Bohr, quien se daba clara cuenta, de los problemas que quedaban por resolver. “El tiempo que pasé en Gotinga fue, para mí, una experiencia maravillosa e instructiva – escribió Bohr a su regreso a Copenhague – y difícilmente podré corresponder a la amistad, que todo el mundo me ha brindado”. Ya no se sentía infravalorado ni aislado y, ese mismo año, recibió un espaldarazo adicional, si es que lo necesitaba.

De todos los telegramas de felicitación que recibió, ninguno fue más importante, que uno que llevaba el matasellos de Cambridge. “Estamos encantados de que le hayan concedido el Premio Nobel” escribía Rutherford. “Sabía que no era más que una cuestión de tiempo, pero ahora ya es un hecho consumado. Es el merecido reconocimiento por su excelente trabajo y, todos estamos aquí, muy contentos por la noticia”. Durante los días que siguieron, Rutherford jamás estuvo lejos de los pensamientos de Bohr. “Me siento profundamente en deuda con usted – respondió a su antiguo mentor – pero no solo por la influencia directa que ha tenido en mi trabajo y su inspiración, sino también por su amistad, durante los 12 años transcurridos, desde el momento en que tuve la gran fortuna, de encontrarme por primera vez en Manchester con usted”.

La otra persona, en la que Bohr no podía dejar de pensar, era Einstein. Estaba encantado y aliviado de que, cuando recibió el premio en 1922, Einstein ya lo hubiera recibido en 1921. “Sé bien lo poco que lo merezco – escribió a Einstein – pero me gustaría decir que considero una gran fortuna y, un gran honor, que su contribución fundamental, en el área especial en la que trabajó, así como también las contribuciones de Rutherford y Planck, hayan sido reconocidas antes que las mías”.

Cuando se conocieron los nombres de los ganadores del Premio Nobel, Einstein se hallaba de viaje al otro lado del mundo. El 8 de octubre, temiendo todavía por su seguridad, Einstein y Elsa se habían marchado a Japón, para hacer una gira de conferencias.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

 

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