Talleyrand. Ensayo general (y V)
Pero fue un aristócrata quien encendió la mecha. El duque de Orleans, Luis Felipe II, compañero de mesa de juego de Talleyrand, se encaró un día con su primo Luis XVI en la cámara de los nobles, para advertirle de que sus órdenes eran ilegales, si no contaban con su voto (entiéndase: el de los aristócratas). Charles-Maurice se quedó estupefacto. Como era de esperar, el duque fue desterrado a provincias. Más tarde se vengó votando a favor de la muerte de su primo, en el juicio que se le instruyó, aunque su cabeza (seguramente arrepentida) acabó cayendo en la misma cesta o similar en 1793. Obedeciendo a un resentimiento “de clase” generalizado la nobleza (y no las clases hambrientas) acabó rebelándose contra el poder real y, le exigió la convocatoria de los Estados Generales, una asamblea extraordinaria en la que se juntaban los tres “órdenes” (nobleza, clero y “tercer estado”) para resolver la crisis. Versalles estaba, en contra los Estados Generales. Los últimos de los que se tenía noticia, se habían reunido hacía dos siglos. Pero la aristocracia se empeñó en repetirlos, convencida de que acabaría dominando la situación y, saldría reforzada frente al soberano. Fue, pues, la nobleza y no el pueblo, la que puso en marcha la Revolución francesa, punto en el que todos los historiadores están de acuerdo, pero, como suele pasar, no tardó en írsele de las manos.
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