Bertrand Russell. "Modernos" (y II)
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
El hombre de ciencia, al buscar la verdad, aun cuando entrase en conflicto con las supersticiones en boga, exponía las maravillas de la Creación y, ponía en mayor armonía, con el perfecto conocimiento de Dios, las imperfectas creencias de los hombres. Todos los trabajadores serios, fueran artistas, filósofos o astrónomos, creían que, al seguir sus propias convicciones, servían a los designios de Dios. Cuando con el progreso de la Ilustración, esta creencia comenzó a tornarse vaga, todavía quedaban la Verdad, lo Bueno y lo Bello. Las normas no humanas, seguían siendo establecidas en el cielo, aun cuando el cielo, no tuviese existencia topográfica.
Durante todo el siglo XIX, la Verdad, lo Bueno y lo Bello, conservaron su precaria existencia, en la mente de los ateos sinceros. Los pragmatistas explicaron que la Verdad, es lo que resulta práctico creer. Los historiadores de la moral, redujeron lo Bueno, a una cuestión de costumbre tribal. La Belleza fue abolida por los artistas, en una revolución contra las melosas insipideces, de una época filistea y, en un arranque de furia, en el que la satisfacción debe ser obtenida únicamente, de lo que hace daño. Y así el mundo quedó barrido, no solo de Dios como persona, sino de la esencia de Dios como ideal. En tanto que el individuo, como resultado de una tosca y nada crítica interpretación de sólidas doctrinas, quedaba sin ninguna defensa interior, contra la presión social.
Todos los movimientos, suelen ir demasiado lejos y, esto rige, por cierto, en cuanto al movimiento hacia la subjetividad, que comenzó con Lutero y Descartes, como una afirmación del individuo y, ha culminado, por una lógica inherente, en su completa sumisión. La subjetividad de la verdad, es una doctrina apresurada, no deducible válidamente de las premisas, que se han creído que la implicaban. Y las costumbres de los siglos, han hecho que muchas cosas pareciesen dependientes, de la creencia teológica, cuando en verdad no lo son.
Los hombres vivían con una sola clase de ilusión y, cuando la perdían, caían en otra. El desapego y la objetividad, tanto en el pensamiento como en el sentimiento, han estado histórica, pero no lógicamente, relacionados con ciertas creencias tradicionales. Mantenerlos sin tales creencias, es posible e importante. Cierto grado de aislamiento, en el espacio y en el tiempo, es esencial para generar la independencia, que la obra más importante necesita. Tiene que existir algo que parezca más importante, que la admiración de la muchedumbre contemporánea.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.