Talleyrand. Ensayo General. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
“Se está hablando de la diócesis de Bourges para mí”, escribió Talleyrand a su amigo Mirabeau. “Es un buen puesto… el arzobispo ha tenido una apoplejía y, no se le auguran más de dos o tres semanas de vida”, pero era excesivamente optimista: pasado un año el arzobispo seguía con vida. Finalmente se produjo el ansiado desenlace, pero la diócesis vacante fue a parar a otro candidato y, Charles-Maurice se quedó, como suele decirse, con un palmo de narices. Y tenía 34 años y, estaba a punto de perder toda esperanza. “Nada me sale como quisiera”, confesó en una carta a su amigo Choiseul.
Con todo, el interés de Talleyrand, por los problemas de la gente corriente, “el tercer estado”, era solo teórico y, derivado de una perspectiva liberal característica de la Ilustración. Así que cuando no estaba intrigando para obtener el título de obispo, se movía y maniobraba en el amplio marco de la clase política de París, sugiriendo posibles salidas a una gran crisis que todos los ciudadanos sensatos veían venir.
La mala cosecha había doblado el precio del pan y, la carestía envenenaba el número cada vez mayor de franceses. No era la primera vez que Francia se hundía en la depresión. La ayuda a los americanos, para que libraran su guerra colonial (en el fondo dirigida contra sus vecinos ingleses) había vaciado las arcas del rey. La bancarrota era un hecho y podía ocurrir cualquier cosa.
Como nos recuerda el británico D. Lawday: “El odio contra las clases privilegiadas y, el menosprecio hacia la Corte, crecían de día en día y, la burguesía – como comerciantes, abogados, médicos y empresarios – notaba cada vez más en carne propia, los síntomas del malestar general. Los panfletistas regaban con vitriolo el descontento de la masa anónima. Durante el verano y el otoño de 1788, el ejército abrió fuego más de una vez contra muchedumbres airadas en las calles de Paris”.
Talleyrand contemplaba la situación y, empezó a simpatizar con “los descontentos”, entre otras razones porque, al no recibir la ansiada mitra, comenzó a detestar a quienes se la negaban. Todas las revoluciones acogen en su seno a los resentidos, que acaban formando parte de la masa “alzada”, aunque sea temporalmente, junto a los realmente agraviados, los fanáticos y los aprovechados. Naturalmente suelen arrepentirse luego, cuando ya es demasiado tarde. El abbé no se equivocaba cuando afirmaba que “en Francia se ha formado un nuevo poder: la opinión pública.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.