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Bertrand Russell. Modernos. I


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Hace muchos años yo también fui “moderno” (algunos decían “progre”, pero a mí el palabro no me gustaba). Cuando llegué a la Universidad en 1963, nos vestíamos con americanas ya ajadas, enormes bufandas y, algunos, intentábamos aprender a fumar en pipa, que daba un toque más “intelectual”. Había que leer a los autores de vanguardia, de los que no entendías nada. Como a Gilles Deleuze, que intentaba desarrollar una metafísica, de acuerdo con la física y las matemáticas de su tiempo (los años sesenta), en la que los conceptos de multiplicidad, suceso y virtualidad, reemplazan respectivamente, a los de sustancia, esencia y posibilidad. Hoy creo que aquella nuestra época, en España, fue la más provinciana que se ha conocido.

Bertrand Russell escribía, que, si se pretendía que “Hamlet” pareciera “moderno”, era preciso traducirlo antes, al idioma de Marx o Freud o, mejor aún, a una jerga incoherente, compuesta de ambos. Algunos amigos escribían cosas, sólo para los momentos en que vivíamos, sin ninguna pretensión de permanencia. Al año siguiente, lo escrito ya no les serviría, porque habrían adoptado la nueva moda de opiniones, cualquiera que fuera y, sin duda, tenían la esperanza de mantenerse al día, mientras continuaran escribiendo. Cualquier otro ideal, para uno de esos “escritores”, parecería absurdo y anticuado.

El deseo de ser “moderno”, hasta cierto punto, ha existido siempre, en todos los periodos anteriores de la historia, que se tuvieron por progresistas o modernos. El Renacimiento despreciaba los tiempos góticos o medievales. El Romanticismo desdeñó los tiempos de la copla heroica. William Edward Hartpole Lecky, (historiador y erudito irlandés de finales del XIX) reprochó al padre de Russell, oponerse a la caza del zorro. “Estoy seguro – le dijo – que no es usted ningún sentimental en cuanto a los zorros… Pero tiene un espantoso miedo, a no ser suficientemente avanzado o intelectual”. Pero hoy pienso que nunca, como en mis tiempos de juventud, fue tan importante el desprecio a las épocas pasadas. Desde el Renacimiento hasta el final del siglo XVIII, los hombres admiraron la antigüedad romana y, el movimiento romántico revivió la Edad Media.

La convicción de que la moda por si sola, debe dominar la opinión, posee grandes ventajas. Hace innecesario el pensamiento y, pone la más alta inteligencia, al alcance de cualquiera. Y así estamos todos, en condiciones de despreciar, las formas intelectuales de pensar, de tiempos anteriores. Para el “moderno”, su más alta esperanza es la de ser el primero, en pensar lo que está a punto de ser pensado, decir lo que está a punto de decirse y, sentir lo que está por ser sentido. No tiene ningún deseo, de pensar “mejores” pensamientos que sus prójimos, de decir cosas que demuestren más penetración, o de tener emociones, que no sean las de algún grupo de moda. Con bastante deliberación suprime en sí, lo que tiene de individual, en pro de su admiración por el rebaño. Una vida mentalmente solitaria, como la de Copérnico, o Spinoza, o Milton después de la Restauración, parece carecer de sentido, de acuerdo con las normas del “moderno”. Copérnico tendría que haber demorado, su defensa del sistema copernicano, hasta que se pudiese poner de moda; Spinoza debería haber sido un buen judío o un buen cristiano; Milton tendría que haber avanzado con los tiempos…

Varios factores son los que contribuyen a este resultado. Uno de ellos es la rapidez del llamado “progreso”, que ha hecho difícil realizar trabajos, que no queden rápidamente superados. Newton duró hasta Einstein, pero éste, en tiempos de Russell, ya era considerado como anticuado, la mecánica cuántica lo había dejado atrás. Y los acontecimientos públicos, influyen sobre las vidas privadas, con mayor energía que en épocas pasadas, Spinoza, a despecho de sus opiniones heréticas, pudo seguir vendiendo gafas y meditando, aun cuando su país fuera invadido por enemigos extranjeros. Si hubiera vivido hoy, es muy probable que fuese incorporado al ejército o encarcelado. Por estos motivos, para que un hombre se enfrente hoy, a la corriente de su tiempo, es necesaria mayor energía de convicción personal, que, en cualquier otro periodo previo, desde el Renacimiento.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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