Thor Heyerdahl, el sesudo estudiante de zoología, estaba perplejo, ante el primer petroglífico que acababa de descubrir en Fatu Hiva. Y más lo estuvo, cuando al desbrozar la maleza de los alrededores con su machete, salieron a la luz nuevos diseños. Seres humanos, tortugas, más signos jeroglíficos y, algo realmente sorprendente: un barco con perfil de media luna, quilla curvada, mástiles y remos. Heyerdahl no era arqueólogo, pero conocía lo suficiente, acerca de navegaciones polinésicas, para saber que, al llegar los europeos, las únicas embarcaciones que vieron en las islas Marquesas, eran canoas y balsas, hechas de troncos y con quillas rectas. Estupefacto, contemplaba una y otra vez aquella figura en la piedra, a la que atribuía cierta semejanza, con los botes de papiro de Perú e, incluso, con los del antiguo Egipto ¿Quiénes eran los remotos artífices de tan peculiar trazado y, de los ojos que rodeaban al pez?