El primer “Ochomil”. “El Annapurna”. V
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
El tema de las “lanzaderas”, eso de ir emplazando campamentos cada vez a mayor altura era agotador. Un lento y pesado ir y venir arriba y abajo, portando cada hombre la máxima cantidad de carga posible, ayudado por los sherpas de altura. A éstos, aunque aprendían rápido, nunca se les había pasado por la cabeza escalar en los hielos; con frecuencia los shaibs tenía que realizar acrobacias sobre los mismos y, colocar cuerdas fijas en los tramos más expuestos. Con más frecuencia de la deseada, todos se veían obligados a avanzar entre torbellinos de nieve, nieblas mortificantes y vientos enloquecedores. Otras veces sufrían de calor y de insolaciones, causadas por la terrible reflexión solar en los extensos heleros. En medio de todo, también se hacía imprescindible, dar tiempo a la aclimatación. En suma: lo que los franceses estaban acometiendo, era una ascensión glaciar gigantesca, a escala muy superior a la que acostumbraban realizar en los Alpes y, plagada de obstáculos como jamás se habían hallado en el Himalaya.
El 28 de mayo, después de cortar sobre el hielo, una plataforma a resguardo de los aludes, Herzog y los sherpas Dawatoundu y Angawa, montaban el campamento IV cerca de los 7.000 m de altitud, al borde de un enorme glaciar suspendido en forma de hoz. Luego bajaron al campamento II a recuperar fuerzas. Cinco días después, el 2 de junio, Herzog estaba de regreso, acompañado esta vez por Louis Lachenal, el sirdar Ang-Tharkey y el sherpa Sarki. El plan era que estos dos últimos ayudaran a los sahibs a instalar un quinto campamento, el cual fue levantado a los 7.400 m.
El ataque final a la cima era inminente y, Herzog invitó a Ang-Tharkey, a que compartiese el previsible triunfo con él y con Lachenal. Pero el sirdar y su compañero, sufrían tremendos dolores de cabeza. La altura los tenía alelados, casi incapaces de pronunciar palabra, aunque Ang-Tharkey logró articular las suficientes para excusarse: “¡Muchas gracias Bara Shaib, pero mis pies comienzan a helarse… y prefiero regresar al campamento IV… si es posible”. Herzog no insistió. “Extraña mentalidad la de estos hombres cuya rectitud y abnegación son proverbiales”, relata el jefe de la expedición francesa, “a los que sin duda alguna le gusta hallarse en alta montaña y que, no obstante, se reservan prudentemente, en el momento de recoger los frutos de sus largos esfuerzos… Pero, al fin y al cabo, nuestra mentalidad debe parecerles más extraña todavía”.
Aquella noche se desató una tormenta espantosa. Herzog y Lachenal, muy incómodos dentro de su pequeña tienda de altura, contaban las horas y los minutos con angustia. El peso de la nieve que se acumulaba sobre la tela de nilón, reducía el espacio interior y, sentían que en cualquier momento iban a asfixiarse. Era como si el Annapurna, tomándose de una vez en serio, la posibilidad de una derrota, hubiese decidido movilizar todos sus recursos defensivos. Pero ya de poco le iban a servir.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.