Baruch Spinoza. En La Haya. V
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Entre los datos que sobre el asesinato de los “buenos hermanos de Witt” han llegado hasta nosotros, el más notorio y elocuente, es el que Leibnitz dejó en una de las “notas” por él tomadas durante su visita a Spinoza, el la Haya. Pues, a pesar que la visita tuvo lugar cuatro años más tarde, entre los días 15-17 de noviembre de 1676, su nota recoge de labios de Spinoza, su reacción ante el cruel asesinato, que quizá había contemplado con sus propios ojos. La nota de Leibnitz decía: “He pasado unas horas, después de comer, con Spinoza. Me dijo que el día del asesinato de los señores de Witt, había estado a punto de salir de noche y colocar en algún sitio, cercano al lugar, un cartel con la inscripción “ultimi barbarorum”. Pero su hospedero le había cerrado la puerta para impedirle salir, ya que se habría expuesto a ser descuartizado”.
Esta noticia es coherente con las alabanzas que el mismo Spinoza había hecho del gobierno De Witt. Y con ella concuerdan muchos datos, en las biografías cuando se refieren a la reacción de Spinoza ante el asesinato, aunque algunas las distorsionan.
Durante el año 1673, que fue el año “terribilis” para Spinoza, ven la luz dos libros en los que se ataca abiertamente su tratado sobre las Escrituras y el Estado. H. More lo refuta en su Epístola, porque conduciría y, J. B. Stouppe, en su Religión de los holandeses, lo ataca, porque destruiría todas las religiones.
Por otra parte, en el mes de abril, su amigo J. Jelles le envía una carta, acompañada de su libro, Profesión de fe cristiana, en la que le traslada su inquietud porque le acusen de cartesiano y de heterodoxo y, le ruega que lo lea y le dé su opinión. Su brevísima respuesta deja claro, que a Spinoza le había parecido una nimiedad.
Spinoza poseía un natural más recio y estaba más curtido de los avatares de la vida. Mas, a pesar de ello, hay ciertos indicios de que se sentía inseguro en la nueva Holanda y que, de forma directa o indirecta, hizo gestiones para irse a vivir a otro país. Se dijo, por ejemplo, que a inicios de 1673 pidió a Lorenzo Magalotti que le agenciara un “asilo en Livorno”, porque “quizá teme por la propia existencia”.
Y, de hecho, en febrero recibe una carta de J. L. Fabricio, profesor de teología de Heidelberg, ofreciéndole, por orden del príncipe elector Carlos Luis, una plaza de Profesor de Filosofía en su universidad. Tan halagüeña como sorprendente oferta, no pudo menos de hacérselo pensar durante me y medio. Pero, al final, redacta con todo esmero una respuesta, una pieza maestra de cortesía y sinceridad, para comunicarle que su “experiencia” le aconseja anteponer a la dignidad de profesor que se le brinda, la tranquilidad de una vida privada, que cualquier queja religiosa le haría perder.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.