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Los godos. El discurso de la barbarie. I


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

La presencia en Hispania de los godos, fue consecuencia de los cambios, sucedidos en las fronteras (“limes”) del Imperio Romano, a finales del mundo antiguo. Estos cambios, por supuesto, no surgieron de la nada, sino que estuvieron motivados, por siglos de relaciones, entre los romanos y los pueblos que habitaban, fuera de sus fronteras y, sobre todo, por la política imperialista de Roma.

Las bases del Imperio Romano, consistieron especialmente, en el hecho de que las distintas partes del mismo, funcionaran como un todo, al servicio de una política, de la que eran representantes sus emperadores. Pero, desde un principio, ya se hizo evidente, la dificultas de tal proyecto, tanto en el aspecto de la paz interna, como en los intentos de mantener alejadas, de cualquier conflicto, unas provincias que, incluso antes de su conquista por Roma, habían tenido relaciones muy ambivalentes, con sus vecinos más inmediatos: los persas, los escitas, los germanos, los bereberes, los libios… etc.

De manera que cuado los godos, junto con otros muchos movimientos de pueblos, impactaron en las fronteras imperiales, no dejaban de ser un factor más, de las condiciones creadas, por la propia dinámica de la política romana. La presencia, la localización y el origen de los llamados pueblos “bárbaros”, se incluyeron dentro del discurso, que contraponía la civilización, propia del modelo de vida romano, a la barbarie, circunscrita a los espacios exteriores a las fronteras, que marcaban sus límites. La alteridad, o condición de ser otro, que habitaba esos mencionados espacios, sobre los que podían correr las noticias más fantásticas, se presentaba – por puro desconocimiento – como algo ajenos a las provincias creadas por Roma, a lo largo de muchos siglos de conquista y colonización, pero también, de integración bajo unas bases administrativas, jurídicas, sociales,, económicas y lingüísticas comunes. El imperialismo romano, al menos había creado en sus ciudadanos, la conciencia de pertenecer a un orden nuevo, y a un Estado con límites conocidos, del que se excluían centenares de pueblos, al otro lado de las fronteras oriental y occidental.

Las provincias hispanas, se dibujaban como la parte más occidental del imperio. Sus habitantes, teniendo en cuenta su lejanía de de las fronteras, y que se encontraban protegidos en sus límites, por otras provincias (Britania, Galia Mauritania…), desconocían prácticamente todo lo que se refería, a los otros habitantes del mundo, medio reales medio míticos, que los rumores y las leyendas, definían como bárbaros, en su físico y en sus costumbres. Aunque, a partir del s.III y, sobre todo, en los siglos IV y V, tuvieron tiempo de experimentar su presencia, cuando oleadas de mujeres, hombres y niños, entraron en sus territorios, no siempre de forma pacífica.

Para entonces, el discurso de la barbarie estaba ya servido: se basaba en el modelo del extranjero, destructor de bienes y personas, dominador de los territorios, enemigo del orden y monstruo insaciable, que se mantenía de la prosperidad del las regiones. Las fuentes encargadas de elaborar dicho discurso, coincidieron en mostrar su antagonismo con el mundo romano, derivado de la existencia de múltiples factores económicos, políticos y sociales. El historiador greco-oriental Amiano Marcelino, un exponente claro del romano del s.IV, utilizaba con precisión, en este sentido, el término “Barbaricum” en su “Rex gestae”, como el especio habitado por los bárbaros, o “gentes externae”, muy alejados del orden, y sumamente perniciosos, para la estabilidad del mundo romano.

Estos testimonios nutrieron a muchos de nuestros historiadores, junto con las lecturas, de los principales escritores de la Iglesia, como Agustín, Ambrosio de Milán, Hidacio u Orosio, que buscaron la causa de la crítica situación de su tiempo, en el caos que los pueblos todavía salvajes, generaron con su presencia, mucho antes de que el imperio cayera.

Pues eso.

(Continuará)

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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