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Thor Heyerdahl y la Isla de Pascua. VI


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

“Sin embargo – escribe Thor Heyerdahl – cualquiera que fuese las circunstancias, nunca nos sentimos contrariados, Cada día nos parecía tan rico y prolongado, que una semana venía a ser, como un periodo de varios meses. Cuando ahora recuerdo, lo que para nosotros fue el transcurso de un año en Fatu Hiva, me parece haber vivido 20 años en ese lapsus de tiempo. Tan plena y colmada fue allí nuestra existencia”.

Thor y Liv habían encontrado el paraíso que buscaban. Allí podían enfrentar de modo directo la cuestión primaria, la única verdaderamente esencial, para el hombre vivir. Eran y se consideraban parte integral de la naturaleza y, no exterminadores de esta. Sus sentidos se ajustaron a una nueva percepción, más clara y más simple de las cosas y, por ende, del mundo en el que ahora estaban inmersos. El tiempo medido por el sol, los periodos de lluvias, el nivel del agua en los arroyos y, el propio apetito, adquiría dimensiones imprevistas. Experimentaban una sensación de total libertad, de dicha sin límites. Su acogedora cabaña de amarillos bambúes trenzados, no tenía ningún muro, ninguna cerca. Su propiedad carecía de límites.

Su etapa más feliz, fue la de los meses que ambos convivieron, con el último caníbal de la isla y su hija adoptiva de 12 años, en el valle de Ouia, totalmente aislados del resto de la población local. Tei Tetua, el personaje en cuestión, no mostraba en sus facciones ni en sus actos, el menor rasgo de salvajismo o crueldad. Era mable y generoso. Después de un trato asiduo, Heyerdahl se convenció, de que, vestido de modo conveniente, hasta podría pasar por un profesor universitario.

La fauna terrestre de la Polinesia es muy pobre – comparada con la de los continentes y las islas continentales – y Fatu Hiva no era una excepción. En sus diarios recorrido por la jungla, destinados a engrosar su despensa, no perdían ocasión de hacer lo mismo, con su colección de pequeños animales. Escarabajos y mariposas de vivos colores, arañas de todos los tipos, caracoles de conchas policromadas y, ejemplares de otras especies similares en tamaño, iban a parar, poco a poco, a los tubos y botellas, etiquetadas con sus nombres. Volver algún día, a la agitada vida de una ciudad moderna, no entraba en sus planes, ni siquiera como posibilidad, pero siempre podrían contar con los barcos, para mandar sus muestras, a los centros de estudios interesados en ellos.

Aunque no todo era labor de campo. Había que pensar también, en el asunto de la emigración y evolución transoceánica. Y el despierto noruego, pronto hizo un descubrimiento interesante. Como el resto de la Polinesia, Fatu Hiva interceptaba la ruta de los alisios, donde las nubes avanzaban siempre en la misma dirección: de América a Asia. Pues bien: la fauna y la flora de la isla, estaban directamente condicionadas por esta regular dirección del viento. “El soplo de los alisios – escribía Heyerdahl – iba a empujarle literalmente, en la carera que emprendería, unos años después, por el Pacífico.

Un día, Tioti, el sacristán protestante de la comunidad isleña, baquiano (experto y entendido) sagaz y gran amigo de los Heyerdahl, se empeño en llevarlos a un lugar donde, según él, había un enorme pez de piedra. Al legar al sitio en cuestión, descubrieron un único bloque de roca de dos metros de longitud, sobre el que aparecía grabada la figura de un pez con cabeza, cola y aletas, a tamaño mayor que el de un hombre. Era el primer petroglifo, que acababa de ser encontrado en Fatu Hiva, donde ningún arqueólogo había usado jamás su piqueta. La silueta del animal, estaba rodeada por grupos separados de círculos concéntricos. ¿Símbolo solares? ¿Ojos de alguna deidad desconocida?

Pues eso.

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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