El primer “ochomil”. El Annapurna. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
El 14 de mayo todos los miembros de la expedición, se reunieron en la tienda comedor de Tuchuka. El tiempo pasaba y las lluvias monzónicas acechaban a la vuelta de junio. Se hacía imprescindible tomar una decisión. ¿Debía dirigir el asalto definitivo hacia el Dhaulagiri o hacia el Annapurna? Lionel Terray, a quien los sherpas llamaban strong man por su corpulencia y su inextinguible energía, que asimismo provocaba la admiración de sus compañeros, había “echado el resto” en el primero y, conmovido por sus aplastantes dimensiones y las tremendas dificultades técnicas y peligros encontrados, se mostró tajante: “El Dhaula no se hará nunca, nunca. Por mi parte, me rajo; jamás volveré a poner los pies en esa montaña”.
Prácticamente, su opinión era compartida por la mayoría, de modo que la gran disyuntiva quedaba resuelta: había que pensar en el Annapurna, el cual tampoco se presentaba precisamente accesible. Herzog, en una carta dirigida el 15 de mayo a su amigo Lucien Devies, presidente del Comité del Himalaya, se mostraba claro al respecto:
“A decir verdad, si el Dhaula es una monstruosa pirámide, el Annapurna reina sobre un macizo muy poderoso, con medio centenar de picos de más de 7.000 m, aristas muy altas y, probablemente, una cuenca superior casi inaccesible, cuyo único punto débil parece ser una depresión por la cual atacaremos”.
Herzog se estaba refiriendo al valle del Miriste Khola, explorado en los días finales de abril, por la cordada Schatz- Couzi, en compañía del doctor Oudot, con resultados no demasiado halagüeños.
Pero la suerte suele sonreír al que la persigue. Después de unas primeras jornadas agotadoras, tanteando el camino idóneo a través de tupidos bosques de deodaras, rododendros y abedules, por inclinadas pedreras y abruptos barrancos, alcanzaron el fondo del valle, para encontrarse frente al glaciar norte del Annapurna, en cuyas morrenas instalaron el campamento base. Luego, una ves superada la cascada de seracs de la meseta inferior, procedieron a montar el campamento I a 5.100 m. Desde allí, por fin, tenían una vista completa de su objetivo.
Habían dado con la posibilidad soñada. Se adivinaba allí una oportunidad, aunque estuviera representada por una ruta enteramente glaciar, que seguramente escondía severas dificultades técnicas y, también muy expuesta a todo tipo de aludes, lo cual suponía un elevado porcentaje de riesgos, de hecho, actualmente, cuando todos los “ochomiles” han sido escalados, muchos siguen considerando al Annapurna, como el más peligroso. Existía además otro problema: el tiempo. La radio india, emitiendo desde Nueva Delhi, anunciaba la llegada el monzón para el 5 de junio. ¡Doce días tan sólo para hacer cumbre y retirarse de la montaña!
Sin más tardanza el equipo al completo se entregó a la rutinaria pero necesaria labor de las “lanzaderas”, esto es, ir instalando campamentos cada vez a mayor altitud, método de asalto común, a todas las expediciones de la época al Himalaya.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.