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Virginia Woolf. Entre Joyce y Proust


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

En el transcurso del mes de agosto de 1922, Virginia Woolf se dedicaba, aunque con resultados dispares, a la lectura del “Ulises” de Joyce. No era capaz de compartir el juicio, de los que, como Thomas Eliot, la consideraban la mejor obra del siglo. Sentía que los que elogiaban a Joyce, de forma velada, lo criticaban. Y, de alguna manera, veía a Eliot, Joyce y Ezra Pound, conformando una alianza masculina, dispuesta a sostener privilegios de género, y a reafirmar su superioridad.

Además de no apreciar el “Ulises”, Virginia tampoco soportaba la intolerancia, el intelectualismo y el dogmatismo, que percibía en Eliot, el único de los escritores mencionados que conocía. A la hora de criticar a sus contemporáneos, sin hacer distinción de género, aborrecía la ficción “viril” de macho cabrío de Joyce, pero también cuestionaba, la creación de una frase feminista – que atribuía a Dorothy Richardson – y la escritura de Katherine Mansfield. De alguna forma, buscaba reafirmarse a sí misma, en las “faltas” de los otros. Y de ese modo, leía el “Ulises”:

“Fabricando mi proceso en pro y en contra. He leído 200 páginas hasta ahora – ni un tercio -, y he sido entretenida, estimulada, encantada, interesada por los dos o tres primeros capítulos… hasta el final de la escena del cementerio. Y luego me he sentido intrigada, aburrida, irritada, y desilusionada como un estudiante mareado, que se rasca el acné. ¡Y Tom (Eliot), el gran Tom, cree que está a la par de “Guerra y paz”!. Me parece un libro iletrado: el libro de un obrero autodidacta, y todos sabemos lo embarazosos que son, lo egoístas, insistentes, crudos, chillones, en última instancia, nauseabundos. Si podemos comer la carne cocida, ¿por qué comerla cruda?”.

Si bien a Virginia le interesaba el experimento de Joyce, y en “La narrativa moderna”, había reconocido que él era, un autor que se acercaba a la vida, y que descartaba la convenciones, utilizadas por autores materialistas, le molestaba su “indecencia”, la manera en que abordaba la sexualidad, y las funciones corporales. En cuanto a su propio proceso creativo, ella consideraba que era importante leer buena literatura, mientras se escribía, ya que sería “un error suponer que la literatura, puede surgir de los crudo”. Inmersa en esos dilemas y en la lectura de Joyce, finalmente, el 6 de septiembre de 1992, escribió en su diario:

“Terminé el ‘Ulises’ y lo considero un fiasco. Genio tiene, creo, pero de agua inferior. El libro es difuso. Es salobre. Es presuntuoso. Es maleducado, no sólo en el sentido obvio, sino en el sentido literario. Un escritor de primer nivel, respeta su arte demasiado, como para ser tramposo, alarmante, haciendo trucos. Me recuerda todo el tiempo, a algún colegial imberbe, como por ejemplo a Henry Lamb, lleno de ingenios y poderes, pero tan acomplejado y egoísta, que pierde la cabeza, se torna extravagante, amanerado, estruendoso… y uno espera que se le pase con la edad; pero como Joyce tiene 40 años, esto parece apenas posible. No lo he leído con detenimiento, y sólo una vez, y es muy oscuro”.

Días después, Virginia volvía a dar una vuelta de tuerca sobre el asunto, impelida por las afirmaciones de Eliot, que aseguraba que el “Ulises” era “un hito, porque destruyó la totalidad del siglo XIX”. Finalmente, sin dejarse influir por las opiniones de los demás, a principios de octubre, ella dejó claro cuales eran sus preferencias:

“Mi gran aventura es realmente Proust. Bien ¿qué se puede escribir después de eso? Voy ahora por el primer volumen, y hay, supongo, faltas por encontrar, pero estoy en un estado de asombro, como si un milagro estuviese sucediendo ante mis ojos ¿Cómo, al fin, alguien ha solidificado lo que siempre se escapaba, y lo transformó también en esta hermosa y durable sustancia? A veces hay que bajar el libro y jadear. El placer se vuelve físico, como sol, vino y uvas, y perfecta serenidad e intensa vitalidad combinadas. Los diez volúmenes de la obra de Proust, en difícil francés, no le amedrentaban. Sentía que merced a la lectura, tenía la oportunidad de ver como se combinaba, “la máxima sensibilidad, con la máxima tenacidad”. Por eso, quizá, admiraba tanto a Proust: el perseguía “esos matices de mariposa hasta la última tonalidad. Es tan duro como las cuerdas de tripa, y tan evanescente como un capullo de mariposa”. Pero la admiración, con frecuencia se mezclaba de temor. Virginia temía la influencia de Proust, y que su lectura la pusiese de mal humor, al compararla con sus propias frases. De todas maneras, caía rendida ante los atributos del escritor francés, más acordes a su sensibilidad, que los de Joyce. La nostalgia del pasado y la visión recobrada por medio de la escritura, presentes en “En busca del tiempo perdido”, le eran mucho más afines, que el intento del “Ulises” de capturar, momento a momento, las cosas que pueden ocurrir, en las 24 horas de un día cualquiera.

Y remataba Virginia: “Lejos, por otra parte, se encuentra el “Ulises”, al cual me ligo como una mártir a su estaca y, gracias a Dios, lo he terminado ya… mi martirio ha cesado. Espero poder venderlo por 4,10 libras.

Pues eso.

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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