Montaigne. Prohibir y desear
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
A raíz de unas referencias a Philipp Blom (Hamburgo, 1970, historiador, novelista y traductor alemán) en la prensa, me han sobrevenido una serie de preguntas y reflexiones: ¿Qué significa prohibir algo? ¿Qué conseguimos cuando delimitamos lo que es lícito o no, cuando trazamos la línea ente lo bueno y lo malo, lo conveniente y lo perjudicial? Todas estas preguntas, creo que menos retóricas de lo que pueden parecer a primear vista, se entrelazan con otra, posiblemente más acuciante: ¿Cual es nuestro horizonte de progreso? En la mirada larga, hacia un horizonte que prometa una vida buena – aún cuando uno ya tenga pocas posibilidades de vivirla – se sitúa, creo, el tema más apremiante de nuestro tiempo, que nos atañe a todos, pero especialmente a los que nos situamos, en posiciones políticas de izquierda.
Aunque sea imprescindible, con frecuencia no es suficiente prohibir, no basta con regular en negativo, ni establecer límites claros a nuestras actividades socialmente no deseables, es necesario fomentar, convertir en deseables, otras más saludables para el planeta. Quien manda prohíbe, sí. Pero también se puede utilizar el poder como anclaje, para ofrecer un relato – ah la importancia del relato en política – que defina un horizonte de mejoras – nunca hablo de utopías – sin olvidar nunca, la terrible ambivalencia del progreso. Sin ir más lejos: nuestro avance tecnológico genera muchas turbulencias (recordemos los problemas de los mayores, con las avanzadas tecnologías bancarias) y, más fuera del primer mundo, explotación y miseria.
Pero si la intuición de mi querido Montaigne es acertada, si “prohibir algo, es despertar el deseo” ¿Por qué no aprovecharlo como empuje hacia delante? ¿Dónde ha quedado esa capacidad de imaginar alternativas? Son palabras de Blom – como nos recordaba Máriam Martínez- Bascuñán – que explica la urgencia de mirar, como sociedad, a los cambios de otra manera, de imaginar el mundo que estamos eligiendo, no sólo prohibiendo. Se trataría de girar el discurso del prohibir, me parece, moviéndolo hacia uno, que vaya de abrir nuevas posibilidades, que otorgue primacía al hacer.
Y me pregunto si este enfoque no vale, para tantos otros temas donde la izquierda, no parece capaz de ofrecer esa facultad de crear ideales, y no sólo normas, de presentar en el presente posibilidades aún no realizadas, para trabajar en hacerlas posibles. El triunfo, esperemos que momentáneo, de cosas como la cultura de la cancelación, la crítica al feminismo “puritano”, que no es sino el de siempre, desde Virginia Woolf y las sufragistas, o el tonto emblema de Ayuso sobre la libertad y las cañas, son, puede que en parte, resultado de la impotencia de la izquierda, para expresarse en positivo y con esperanza. Nos enfrentamos a un tiempo de transformaciones radicales – con alguna de las cuales, ya se me hace difícil convivir – que afectarán a nuestros niveles de bienestar, al empleo, a los fondos para el cuidado de nuestros semejantes menesterosos, y a una potencial reacción, social y política, inmanejable. Para ello necesitaremos imaginación, mucha imaginación, una pizca de ideales, ferviente deseo de acometer todo eso que se nos viene encima. Nos movemos hacia tiempos de crisis, y la alternativa a la oscuridad del repliegue identitario, es el cambio radical: consumir de otra forma, alejar la tentación autoritaria, persuadirnos, de nuevo, de la posibilidad de sociedades más activamente justas, más libre, mejores.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.