Charles Mason, a quien mencionábamos al final del artículo anterior, era un londinense profundamente curioso que, después de abandonar su regimiento y fingir su propia muerte, durante el asedio a Bharatpur en 1826, recorrió el norte de la India, cruzó el Indo, y exploró a pie Afganistán, viviendo como un derviche errante. Armado con una copia de la “Anábasis de Alejandro Magno” de Arriano, se convirtió en el primer occidental, en explorar los restos arqueológicos de Afganistán. Siguiendo los pasos de Alejandro, encontró los restos de Bagram – la gran ciudad griega bactriana – en la llanura de Shomali. Y envió con diligencia sus hallazgos más importantes, a la nueva Sociedad Asiática de Calcuta. Pero, de alguna manera, el capitán Claude Martin Wade, descubrió la verdadera identidad de Mason como desertor y, al poco tiempo, lo chantajeó para que se convirtiera en informante, asegurándose así, por primera vez, la obtención de informes regulares y precisos, sobre Afganistán.