Afganistán. “El Gran Juego”. V
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Alexander Burnes, que dirigió la segunda operación de inteligencia encubierta, vía el Indo, medía casi 1,80 mts. huesudo, enjuto e ingenioso, “seco y flaco”, era un hombre ambiciosos y decidido, que sabía mantener la calma en situaciones de emergencia. Sus amigos admiraban su imaginación, y su agilidad intelectual.
Burnes y los regalos que llevaba, fueron recibidos con gran pompa en Lahore, el 18 de julio de 1831. Le recibió enseguida en persona el maharajá Ranjit Singh, el León del Punjab. Habían pasado ya más de treinta años, desde que Ranjit había llegado al poder. El líder sij, había aprovechado la oportunidad presentada por la guerra civil afgana, para anexionarse la mayor parte de las tierras al este del Indo, del Imperio durrani afgano, y levantar en su lugar un Estado sij rico, fuerte, centralizado y bien gobernado. En paralelo a la formación de un potente ejército, Ranjit modernizó la burocracia y organizó una formidable red de espionaje, cuyos informes compartía a veces con el capitán Claude Martin Wade, en Ludhiana.
Los inglese se llevaban bien, a grandes rasgos, con Ranjit Singh, pero nunca perdían de vista, el hecho de que su ejército, era la última fuerza militar de la India, que se podía enfrentar a la Compañía de las Indias Orientales, en el campo de batalla. Un par de meses, antes de la llegada de Burnes a Lahore, el viajero francés Victor Jacquemont, realizó un retrato muy revelador del maharajá, al que describía como un canalla encantador e inteligente: tan despreciable en el ámbito privado, como admirable en sus actuaciones públicas. “Ranjit Singh es un viejo zorro”, escribió, “comparado con él, el más astuto de nuestros diplomáticos es todo un ingenuo”. “Conversar con él es una tortura. Es quizá el primer indio curioso que he conocido. Me formuló cien mil preguntas sobre la India, los ingleses, Europa, Bonaparte, el mundo en general y el más allá, el infierno y el paraíso, el alma, Dios, el diablo y mil cosas más… Ranjit Singh lamentó que su mujeres, ya no le dieran más placer, que el que obtenía de mirar las flores de su jardín”.
Alexander Burnes quedó tan fascinado por Ranjit Singh, como le había sucedido antes a Jacquemont, y pronto se convirtieron en buenos amigos: “Nada podía superar la amabilidad del maharajá”, escribió Burnes. Al igual que Ranjit Singh, Burnes tenía un carisma especial, que le permitió salir airoso de las situaciones más hostiles. Cuando continuó su viaje hacia Afganistán, los afganos quedaron igualmente deleitados con su presencia. El primer jefe tribal que se encontró, al poner pie en la orilla afgana del Indo, le dijo que él y sus amigos “podían sentirse tan seguros, como los huevos debajo de una gallina”. “Me explicaron las costumbres de su país, contaba Burnes, su historia, las distintas facciones existentes dentro de Estado, su comercio…”.
Cuando llegó a Kabul, Burnes quedó encantado con la ciudad y sus habitantes; disfrutaba de la poesía y de sus paisajes, y admiraba a sus gobernantes. Describió la cálida recepción de su anfitrión barakzai, Dost Mohammad Khan, “el hombre más prometedor de los territorios de Kabul”. Relató con fidelidad la brillantez de su conversación, así como la belleza de sus jardines, y de los árboles frutales de su palacio, el Bala Hisar. Si Burnes había conquistado a Dost Mohammad y a sus afganos, ellos, a su vez, lo habían cautivado a él.
Sin embargo, hubo un hombre que permaneció del todo inmune, ante el atractivo de Burnes, y este era Claude Martin Wade, el jefe del servicio secreto de Ludhiana, y protector de Shah Shuja (ex rey de Afganistán). A Wade nunca le gustó, que nadie pisara su territorio. De ninguna manera iba a tolerar que un joven arribista de veintitantos años, le quitara el puesto como el consejero predilecto, del gobernador general en Afganistán. Mientras que el memorándum de lord Ellenborough concedía, en teoría, más poder a Wade – aumentando los recursos que la Compañía, estaba dispuesta a destinar para el espionaje en el Himalaya, y el número de agentes con los que Wade podía contar – también había autorizado, una operación en el corazón de su territorio, sobre la que este no tenía ningún control.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.