La muerte
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
A medida que vamos cumpliendo muchos años, nos es casi imposible, no pensar en el final de nuestra vida. Pero hay que hacerlo, si no, no nos es posible pasar de tan lúgubre pensamiento, con serenidad y racionalidad. Saber que no nos vamos a ningún paraíso, pero tampoco a infierno alguno. No nos vamos a ninguna parte, nos extinguimos y punto.
En una entrada de su Diario (2 de octubre de 1940), Virginia Woolf, nos muestra, vívidamente, su estado de ánimo el aquel otoño (recordemos que la guerra había comenzado en septiembre de 1939), una suerte de quietismo y de contemplación alerta, de la muerte. Ya no le era, como es para todos nosotros a lo largo de nuestras vidas, algo alejado, irreal, visto por el lado equivocado del telescopio de la vida, sino algo inmediato, extraordinariamente próximo y real, que cuelga perpetuamente sobre nuestras cabezas, algo que puede, a cada momento, caer con gran estrépito del cielo… y aniquilarnos.
La contemplación de la muerte – escribe Leonard, su marido – estaba siempre próxima a la superficie de la mente de Virginia. Formaba parte de la profunda inestabilidad de su mente. Dice él, que lo puede comprender, pero sólo intelectualmente; que emocionalmente le es completamente ajeno. Hasta el momento en que empecé a envejecer ¿a que edad exactamente? apenas pensé nunca en la muerte. Leonard sabía que era el final inevitable. Pero fundamentalmente era un fatalista total (yo no lo soy), tal vez debido a su tradición judía, al escéptico fatalismo, que mina incluso a Jehová. Además, en más de doscientos años de persecución y de guetos en Europa, los judíos han aprendido, que es un trabajo de dedicación completa, evadir los inevitables males de la vida. Y, el hombre sabio, no se preocupa por lo inevitable. Quizá, sólo quiza, elegiría la inmortalidad si se me ofreciera, pero no me preocupo por mi muerte inevitable.
Llega un momento en la vida, en que vemos que la gente se sorprende, al ver que todavía seguimos aquí; en que sabemos que si plantamos un árbol, no viviremos lo suficiente, para cobijarnos bajo sus ramas. No creo alardear, o engañarme a mi mismo (ya veremos que tal, cuando llegue de verdad el momento) cuando digo que, aunque pienso en mi muerte, no me preocupa demasiado la misma. Es el destino, lo inevitable, podemos cuidarnos, pero no la evitaremos.
La actitud de Virginia respecto a la muerte, era muy distinta. La tenía en todo momento presente. El hecho de que hubiera intentado dos veces suicidarse – y casi lo había conseguido – y el conocimiento de que aquella terrible desesperación y depresión, podían abatir su mente en cualquier momento, explican que la muerte, no se encontrara nunca ausente de sus pensamientos. La temía, pero también, como escribió Leonard, estaba “medio enamorada de la muerte tranquilizadora”. Asimismo, en aquellos últimos meses de 1940, con la muerte rodeándola por todas partes, cuando le estalló una bomba de la aviación alemana muy cerca, le dijo a Leonard: “no quiero morir todavía”. La razón fue que se encontraba más calmada y feliz, de lo que era usual. Esto era debido, en gran parte, a la facilidad y satisfacción, de lo que estaba escribiendo.
Es extraño e irónico que “Entreacto”, que muy pronto iba a tener un papel importante, en su depresión y suicidio, le causara muy pocos problemas y preocupaciones, mientas lo estaba acabando. “Nunca había pasado una temporada mejor, que escribiendo “Pointz Hall” (“Entreacto”), en realidad me complace”, escribió en su Diario, el 6 de octubre de 1940.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.