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Historia y ciencia. I


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Los historiadores siempre nos hemos apoyado en otra materias, para llegar a conclusiones: la arquitectura, la escultura, la arqueología… pero, especialmente, en la lectura y examen de libros y documentos de los años que examinamos. Para los especialistas en historia antigua y medieval, es importante saber epigrafía (ciencia que estudia las inscripciones o los escritos antiguos) Incluso yo, que pretendía especializarme en historia contemporánea, tuve que cursar un curso en esa materia. Pero en los últimos tiempos, la ciencia pura, la química por ejemplo (isótopos, ADN…), está resultándonos un apoyo imprescindible.

La Doctora en Historia, Cat Jarman, nos cuenta como los isótopos, nos permiten estudiar directamente los esqueletos, en un intento por descubrir, facetas de sus historias vitales individuales. Aunque el ADN también tiene el potencial de hacerlo, la información que proporciona es, en gran medida, sobre los marcadores heredados por alguien, y no sobre sus circunstancias únicas.

Jartman (que vive en el Reino Unido, aunque es originaria de Noruega) nos pone el siguiente ejemplo: “Si me enterraran en el suroeste de Inglaterra cuando muera, dice, un análisis del ADN de mis huesos, revelaría antepasados escandinavos, que pueden dar una pista, de mi historia como inmigrante, pero encontrarían los mismos genes en los huesos de mis hijos, que ya nacieron y se criaron en el Reino Unido. En otras palabras: el análisis de ADN no puede discriminar, entre inmigrantes de primera generación, o de generaciones posteriores”.

Pero, aun así, el ADN puede darnos una visión de conjunto, ver como nos hemos diseminado por la tierra, y como emigraron nuestros antepasados, hace miles de años. También nos puede hablar de relaciones familiares, o ayudarnos a encontrar, a primos perdidos hace tiempo y, revelar marcadores de enfermedad y contagio. En el caso de las tumbas de Repton (el yacimiento que lleva años investigando la Dra. Jartman) lo que a ella le interesaba era ver si, como se pensaba, se podía demostrar que quienes estaban enterrados allí, eran inmigrantes vikingos procedentes de Escandinavia.

“Somos, literalmente, lo que comemos” dice Cat Jartman. Mientras escribo esto, mi cuerpo está digiriendo la comida que he tomado hace unas horas, y extrayendo de ella todos los bloques de construcción que puede, para crear células, sangre y piel nuevas. Este proceso de cambio, ha tenido lugar por todo mi cuerpo, de modo que hasta mis huesos, han comenzado a cambiar sutilmente. Como digo, esto ocurre en todas las partes del cuerpo, con una excepción: el esmalte de los dientes. En cuanto se forma desde la niñez, el esmalte permanece inalterado, y es incluso lo bastante fuerte, para seguir intacto en condiciones muy malas, tras ser enterrado, después de miles de años. Por ese motivo, los dientes son los mejores amigos de los bioarqueólogos.

Debido a que los tejidos no cesan de extraer, nutrientes de los alimentos mientras se forman, también absorben trazas de substancias, que pueden decirnos algo de lo que hemos comido y, algo muy importante para un historiador, “donde” lo hemos comido. Las plantas, por ejemplo, obtienen la mayor parte de sus nutrientes del suelo en el que crecen. Estos suelos, a su vez, derivan sus características de la geología subyacente. De modo que, en otras palabras, la rebanada de pan que se hace con trigo, cultivado en Derbyshire, tendrá unas características químicas, sustancialmente diferentes a las de una hogaza, hecha con trigo cultivado en Dinamarca.

Una forma de detectar todo esto, es a través de un elemento denominado estroncio, que se da de forma natural, en casi todas partes. El estroncio tiene varios isótopos, que son formas distintas del mismo elemento. La proporción de uno de esos isótopos, en relación con el otro, es lo que varía en distintos tipos de geologías y, por tanto, en distintos suelos. Y esa proporción sigue siendo la misma, cuando el estroncio pasa a la cadena alimenticia, del suelo al trigo y al pan, y al vikingo. Cuando la proporción de estroncio, se convierte en parte del esmalte recién formado en los dientes de un niño, queda encerrado en él para el resto de su vida… y más allá. De esta forma sería posible descubrir, si los cuerpos enterrados en el yacimiento de Repton, son o no, de invasores vikingos, o si, por el contrario, son de gente que había crecido en la zona.

Pues eso.

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

 

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