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Baruch Spinoza. El poder de la Razón


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Spinoza fue un hombre complicado, con profundas preocupaciones. Pero su actitud no fue nada parecida, por ejemplo, al sentimiento trágico de la vida, al estilo Unamuno, ni a la voluntad o a la fe, al estilo de Pascal o de Marcel, sino a la meditación y reflexión al estilo de Sócrates y de Petrarca. Y para eso necesitaba tiempo, una especie de maduración paulatina, de experiencia intelectual y moral, ya que comportaba un gran cambio, de valores y de rumbo.

Escribe Spinoza: “Porque lo que es más frecuente en la vida y, por lo que puede colegirse de sus obras, lo que los hombres consideran como el sumo bien, se reduce a estas tres cosas: las riquezas (divitiae) el honor (honor) y el placer (libido). Tanto distraen estas tres cosas la mente humana, que resulta casi imposible, pensar en ninguno otro bien”.

Spinoza se hallaba, pues, ante una alternativa radical, entre dos formas de vida. Por un lado, la experiencia de los falsos bienes, por otro, la idea de un bien supremo y permanente. En la segunda etapa de su vida, típicamente reflexiva y filosófica, gracias a una asidua meditación, Spinoza hace un gran hallazgo, ya que descubre que esos bienes, son inseguros por su misma naturaleza, mientras que el objetivo por el deseado, es un bien estable por sí mismo y sólo incierto para él. Pronto comprenderá que aquellos bienes, que ha calificado de pasajeros o precederos, son “males ciertos” y, este en cambio, es “un bien cierto”. “Con mi asidua meditación – escribe Spinoza – llegué a comprender que, si lograra entregarme plenamente a la reflexión, dejaría males ciertos por un bien cierto”. Pues la clave del cambio personal, no reside sólo en la meditación y reflexión, sino que radica, finalmente, en la naturaleza misma de los bienes deseados y amados.

En resumen, los bienes ordinarios no son auténticos bienes, puesto que, mientras duran, nos privan de lucidez y libertad, como si fuéramos víctimas de una obsesión patológica o de un delirio. Y, al final, siempre traen consigo, la tristeza del fracaso, porque son perecederos. En cambio, advierte Spinoza, la alegría y la confianza en nosotros mismos, surgidas de nuestra capacidad de distanciarnos de las pasiones, mediante su análisis y valoración, nos hace concebir una nueva idea de la vida. Y, sobre todo, si nuestras ideas y nuestro amor, se dirigen a un objeto estable y eterno. Es en esta opción, a mi parecer, entre la profunda tristeza, que trae al hombre el sentimiento de fracasar en su vida y, la alegría “totalmente pura” y “libre de tristeza”, donde se muestra, con toda nitidez, la radicalidad del sistema ético de Spinoza.

Una vez hecha esta afirmación, que le resulta liberadora, porque le abre una puerta a una existencia de seguridad, Spinoza aterriza y hace una reflexión que le es muy propia, a saber, que no hay que confundir nunca la teoría y la práctica. Pues una cosa es la idea clara, e incluso la convicción de que es urgente ponerse manos a la obra y, otra muy distinta realizarla de hecho y que resulte eficaz (claramente Pablo Iglesias, no ha leído a Spinoza). Fijémonos en el doble matiz: no sólo es difícil llevar a la práctica una idea, sino que lo es, ante todo y por eso mismo,”la práctica de pensar”, de entregarse seriamente a la reflexión. A lo que se añade, que la puesta en práctica de las ideas morales, tiene una dificultad que le es propia y, que consiste, por así decirlo, en que la unas tiene que vencer a las otras, en una especie de lucha interior, pero real.

Spinoza apunta también, como si se refiriera a su propia experiencia, que, por pequeño que sea el poder de la razón sobre las pasiones, el ejercicio continuado y bien ordenado de la razón, termina siendo eficaz.

Pues eso.

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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