Historia y ciencia. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Tribuna Libre
De todas maneras, dicho lo dicho en el artículo anterior, tendríamos que añadir, que el tema de la identidad es algo muy complejo. Y, a pesar de todos los avances que ofrecen los métodos científicos más modernos, es una interrogante al que la ciencia, por si sola, no puede responder. Aunque los datos de los isótopos, sugieran que muy probablemente, alguien ha nacido en Escandinavia, eso no lo convierte en vikingo. De hecho, no existe una identidad definida como tal, que los métodos científicos puedan revelar, de modo concluyente. Del mismo modo, unos orígenes aparentemente locales, no convertirán a alguien en anglosajón, de manera automática (tanto el término “vikingo” como “anglosajón”, pueden considerarse invenciones puramente modernas: es muy improbable que tuvieran algún sentido, para alguien que viviera en el siglo IX).
Nuestras identidades tienen múltiples facetas, que cambiamos y manipulamos a lo largo de nuestra vida. Yo soy político, historiador, fui montañero, fui padre y abuelo, y mi familia inmigrantes de León y Canarias, pero (a parte de los orígenes leoneses y canarios) ninguna de esas identidades se manifestaría de forma obvia, en el análisis de mis huesos. Así que, independientemente de cómo interpretemos los resultados científicos, siempre debemos hacerlo con exquisita precaución, y siempre empleando tantos tipos de pruebas, como sea posible. Sin embargo, las técnicas más modernas, nos proporcionan la oportunidad de estudiar vidas pasadas, de una forma con la que no podíamos ni siquiera soñar, hace escasas décadas. Por ejemplo, desde 2016, ya no sólo nos es posible acceder al ADN no contaminado, sino que se pueden investigar, tanto los antepasados maternos, como los paternos (ADN mitocondrial y ADN del cromosoma Y, respectivamente, así como también el ADN autosómico, que es la combinación única de cromosomas, que alguien ha heredado de sus padres).
Tras su desarrollo, la técnica de la datación con carbono-14, se ha convertido rápidamente, en una de las contribuciones más significativas a la arqueología actual. El método hace posible datar de manera científica y bastante precisa, cualquier objeto de origen orgánico, desde un tronco a una semilla quemada, a un peine de asta o un hueso humano. Todos los organismos vivos absorben carbono. Igual que ocurre con otros elementos, como el estroncio, el carbono tiene varios isótopos, y el isótopo radioactivo 14 C, es uno de ellos. Cuando morimos, dejamos de acumular nuevo carbono, mientras que el que ya está en nuestros cuerpos, comienza a deteriorarse lenta y sutilmente. Así que, cuando fallecemos, el reloj se pone en marcha. Y resulta que sabemos lo rápido que avanza; conocemos el ritmo que sigue este proceso. La descomposición radioactiva, se mide con algo llamado “semivida”, el tiempo que tarda la cantidad original del elemento, en descomponerse hasta la mitad. En el caso del radiocarbono, son 5700+30 años. En otras palabras, el 14C de nuestro cuerpo, tardaría más de cinco milenios, en quedar reducido a la mitad de la cantidad original. Eso significa que podemos medir cuanto tiempo ha pasado, desde que murió el organismo.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.