El primer “ochomil”. Antecedentes. I
“El alpinismo es un deporte, es una evasión, a veces una pasión y, casi siempre, una mística”
(Maurice Herzog)
- Publicado en Tribuna Libre
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.
“El alpinismo es un deporte, es una evasión, a veces una pasión y, casi siempre, una mística”
(Maurice Herzog)
Danton y Desmoulins, fueron acusados de “conspiración dirigida al restablecimiento de la monarquía, y la destrucción de la representación nacional y el gobierno republicano”.
Nunca he tenido del todo claro, el porqué de mi escepticismo. Por la educación de mis padres, no parece. Mi madre era religiosa. Mi padre agnóstico, pero no escéptico. Siempre he sospechado, que ha sido más bien, por mis múltiples lecturas de Bertrand Russell, el “escéptico apasionado”. Pero el otro día leyendo sobre historia de la filosofía, descubrí una posible y nueva fuente: mi bachillerato en los franciscanos.
Decía Ortega que tendemos a ver de una crisis, sólo su parte negativa. E ignoramos el lado positivo, que también suele tener. Y mi padre repetía que es en las crisis, cuando se descubre de verdad de que está hecho cada uno.
Entre 1988 y 2003, el psicólogo político estadounidense Philip E. Tetlock y sus ayudantes, recopilaron 27.451 predicciones sobre política internacional. Estas habían sido realizadas por expertos de universidad, Gobiernos, fundaciones, instituciones internacionales, medios de comunicación y grupos de reflexión. Y venían acompañadas de tablas, gráficos y ecuaciones.
En 1897, el mismo año en que Thomson descubrió los electrones, Max Planck (director de la cátedra de Física teórica, en la Universidad de Berlín) comenzó a trabajar en el proyecto, que acabaría llevando su nombre. En esencia no hizo más, que unir dos observaciones diferentes.
A finales del siglo XIX, había regimientos de voluntarios escoceses, no solo en abundancia en el Canadá, sino también en Australia (el Sydney de Fusileros Escoceses y el Melbourne Escocés), en Nueva Zelanda (el Canterbury Escocés), en Suráfrica (El Transval Escocés y el Cape Town Highlanders) e, incluso en la India, donde la existencia del Calcuta Escocés, denotaba la peculiar habilidad de los escoceses de ultramar, para combinar la asociación comercial, con algunos de los elevados propósitos públicos, en este caso, la defensa del rajá. Muchos de estos regimientos coloniales, iban a reaparecer en uno u otro de los lejanos frentes, abiertos por el Imperio británico contra sus enemigos, durante la PGM. Los regimientos escoceses iban a estar todos. Y a los regimientos de voluntarios ya existentes – que ahora son territoriales- el brote de patriotismo escocés en 1914, añadió una nueva ola de unidades aficionadas: los batallones de Kitchener. El nombre viene de la llamada hecha por Kitchener, el recién nombrado ministro de la Guerra, en los primeros días del conflicto, pidiendo “cien mil hombres”, para servir durante tres años. La respuesta de los escoceses fue tan entusiasta que, con el primer contingente de voluntarios, se pudo formar una división completa, la 9ª, sacrificada rápidamente en la matanza de Loos, en septiembre de 1915. Un segundo contingente escocés, hizo nacer enseguida otra, la 15ª, que también sufrió pérdidas en Loos, aunque sus mayores sacrificios, los hizo más entrada ya la guerra.
Durante los dos últimos mese de su vida, Ludwig Wittgenstein trabajó, quizá, más que nunca. Tanto, que escribió más de la mitad de las observaciones, que hoy constituyen “Sobre la certeza”, Y al hacerlo, produjo lo que muchas personas consideran, el texto más lúcido de toda su obra.
Baltasar Gracián y Morales consideraba el “gusto”, como una primera “espiritualización” de la animalidad. Y apuntaba con razón, me parece, que la cultura (“Bildung”), no sólo se debe al ingenio (“Geist”), sino también al gusto (“Geschmack”). Su ideal del hombre culto (el discreto) consiste en que éste sea el “hombre en su punto”, esto es, aquel que alcanza en todas las cosas de la vida y la sociedad, la justa libertad de la distancia, de modo que sepa distinguir y elegir, con superioridad y conciencia.
Idéntico prestigio al de Danton tenía Camille Desmoulins. Al día siguiente de la promulgación de la ley de 14 de Frimario (4 de diciembre) Desmoulins lanzó su periódico “Le Vieux Cordelier”. Los dos primeros números, aprobados por Robespierre, se ocupaban de los hébertistas y de la descristianización, pero Desmoulins fue criticado en el Club Jacobino el 24 Frimario, por haber escrito con simpatía sobre los girondinos, que “mueren como republicanos, como murió Bruto”. Y Robespierre volvió a verse impulsado, a defender a su amigo y revolucionario. Sí, había estado demasiado próximo a Mirabeau y a los Lameth: “Conocí a Camille en la escuela, era entonces un joven con talento y sin un juicio maduro. Desde entonces, Camille ha desarrollado el amor más ardiente por la república… no debemos fijarnos solo en un aspecto de su vida moral, se debe tomar en conjunto; debemos examinarla como un todo”. Recordaba su valentía, al defender una república en 1788, en “La Philophie au peuple français”: “en aquella época, en lo más profundo de las provincias, me enteré con un placer secreto, que el autor era uno de mis compañeros de colegio”.
El otro día debatí un poco con un buen amigo, sobre los comienzos del liberalismo, Locke y Montesquieu. Ello me abrió el apetito, y me fui a mis notas sobre Locke y el tema que nos ocupó.
El regimiento de Hepburn había servido como mercenario a los reyes de Suecia y Francia, antes de volver a los Estuardos como los Royal Scots y, cuando la Corona británica empezó a crear regimientos escoceses propios, de los Black Watch, en 1739, en adelante, desde el primer momento se mostraron entre los más fieros y dignos de confianza de sus soldados. En la Península y en los Países Bajos, su fidelidad militar y, el aspecto bárbaro de sus trajes, les habían granjeado el temor de sus enemigos y, un culto romántico entre las poblaciones civiles y, los estudiantes de picaresca, que seguían el progreso de los ejércitos.
“L’ascétique éthique” kantiana, enuncia las reglas del ejercicio enérgico, valiente, resuelto, pero siempre alegre, de la virtud. De hecho, Kant retoma el “sustine et abstine” (aguanta y abstente) de los estoicos, al cual se cuida de añadir el consejo de los epicúreos, de estar siempre de buen humor.
Vivimos en una coyuntura, que históricamente me parece no ha tenido igual. Se está produciendo en la humanidad un cambio radical. Quizá la radicalidad no es tan nueva, pero sí lo es, a mi entender, la velocidad del cambio. Por vez primera, los hombres asistimos a nuestra propia mutación; cambiamos y sabemos bien que cambiamos. En épocas anteriores, cada cambio efectivo se presumía eterno, y el hombre no se veía a sí mismo – sus creencias y modos de vida – como algo transitorio, sino más bien como algo definitivo. Por tanto, utilizando el leguaje de Ortega, diríamos que el cambio no era tal para el cambiante.
Sir James Hogg, director de la Honorable Compañía de las Indias Orientales, a quien tan fácilmente se identificaba como “ese Hogg”, desestimó la propuesta de Burton. Es difícil creer que Burton fue tan ingenuo, como para pensar que Hogg estaría favor de sus planes. Pese a todo, se pudo llegar a una solución de compromiso que, a los dos hombres, bien acostumbrados a las sutilezas de Oriente, les salvó la cara a ojos del público. A manera de compensación por el desaire, a Burton se le concedió todo un año de permiso, “para que prosiguiese mis estudios, allá donde mejor pudiese aprender, las lenguas de mi interés”.
El Tribunal Revolucionario, reinstaurado el día 10 de marzo, ya había condenado a cincuenta personas, antes de que Robespierre se incorporara al Comité de Salvación Pública. Pero las cifras aumentaron, en los tres últimos meses de 1793. Cada vez se condenaba a más personas, en los juicios políticos contra adversarios destacados, no sólo de la Revolución, sino del dominio de los jacobinos.
Me he topado con unas reflexiones de Leibniz que desconocía. Y que, me han parecido, podrían tener algo que ver con el desarrollo del juego político democrático. Pero muy especialmente, con ese baile increíble que desarrollan estos días C’s, PP y los ultras.
Las ceremonias de apertura del Parlamento, en que se marca el inicio de una nueva sesión parlamentaria, se realizan en varios países, siendo la más conocida la que se celebra en Gran Bretaña, en el Palacio londinense de Westminster. En esas sesiones se respetan escrupulosamente una serie de protocolos, rituales y formas. No sólo por amor a la tradición, sino especialmente, por el respeto a la soberanía popular, que esas instituciones representan.
Pocos días después del desembarco en Normandía (El Día D) el general Sir Bernard Law Montgomery (Monty), presentía que los alemanes estaban renovando sus esfuerzos, para concentrar fuerzas en vistas a un nuevo contraataque, tras el que acababa de ser abortado, por el ataque aéreo al Grupo Panzer Oeste. “Ahora debemos tomar Caen y Cherburgo, como primer paso para el desarrollo completo de nuestros planes” dijo Monty. Estaba claro que Cherburgo era una fruta madura y, por ello, Montgomery no preparó planes para esta mitad de su proyecto. Pero el avance hacia Caen era harina de otro costal, pues exigía un envolvimiento por el Este y por el Oeste de la ciudad. Al Este intervendrían fuerzas que ya estaban sobre el terreno, al Oeste, las nuevas divisiones que ya estaban llegando: la 11ª División Acorazada, la 43 División de Infantería de Wessex de Thomas Hardy y, la 15ª División Escocesa, que cargaría con el esfuerzo principal. Un total de 60.000 hombres apoyados por 600 carros y 300 cañones, mientras que un acorazado pesado y tres cruceros, estarían en el mar, para asegurar el fuego a larga distancia.
A lo largo de los años pasados en Inglaterra y Francia, en lo que fue una especie de exilio, Richard F, Burton no había perdido de vista, la idea de realizar un peregrinaje a La Meca, que habría de constituir el final de una gran exploración por Arabia, de tres años de duración en total. Regresó a Londres, poco después de que los Arundell se marchasen de Boulogne. Superficialmente, un viaje a través de los vastos y desconocidos desiertos de Arabia, aún sin explorar, era en sí mismo una aventura poco o nada práctica, poco menos que una locura. Burton deseaba comenzar su periplo en Mascate, una ciudad situada en la punta más oriental, de la península Arábiga, para ir avanzando después hacia el oeste y, terminar en La Meca.
Una nueva educación en las escuelas, entre otras muchas cosas, debería incluir un criterio distinto de la Historia, y de su enseñanza. Debería comenzar por la idea fundamental y poner más énfasis, en aquello que tienen los pueblos de Europa en común, y no de sus diferencias.
Siempre me ha parecido esencial en política, disponer de un relato bien estructurado y saber comunicarlo. Un relato no es un tocho de mil páginas. Sí media docena de medidas coherentes y posibles, que dibujen claramente la sociedad que deseamos construir. Pero sí siempre me pareció necesario tener un relato propio, hoy – cuando la política se ha convertido en algo realmente penoso, en la que lo único que se debate es la vida privada de las personas, a la que se accede por medios que a mi me parecen ilícitos – me parece indispensable.
Maximilien Robespierre, fue elegido como miembro del Comité de Salvación Pública, el 27 de julio de 1793. Las responsabilidades asignadas al Comité por la Convención Nacional, eran de una envergadura apabullante. Con la ventaja que proporciona, contemplar los hechos retrospectivamente, el “Terror” que se vivió, al cual Robespierre no fue ajeno, se ha percibido como algo monolítico. Sin embargo, parece que, en tiempos de la Convención Nacional, no lo apreciaban con tanta clarividencia. De hecho, todas las pruebas nos hacen pensar, que se temía que tuviera los días contados. Fue el carácter desesperado de la crisis de mediados de 1793, y la falta de recursos e instituciones para abordarla, lo que obligó a los diputados, a suspender a regañadientes, las libertades civiles que, en condiciones normales, habrían considerado intocables.
Al final del anterior escrito, estábamos llegando a un punto, en el que la cuestión de la unidad del conocimiento, comenzaba a resultar ambigua, como la propia palabra verdad. Y en efecto, cuando buscamos valores espirituales y culturales, se nos aparecen problemas epistemológicos, ligados al equilibrio entre nuestro deseo de obtener de la vida, una visión de conjunto, que la abarque en sus múltiples aspectos y, la capacidad de expresarnos sin contradicción lógica.
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