La bravura escocesa. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
El regimiento de Hepburn había servido como mercenario a los reyes de Suecia y Francia, antes de volver a los Estuardos como los Royal Scots y, cuando la Corona británica empezó a crear regimientos escoceses propios, de los Black Watch, en 1739, en adelante, desde el primer momento se mostraron entre los más fieros y dignos de confianza de sus soldados. En la Península y en los Países Bajos, su fidelidad militar y, el aspecto bárbaro de sus trajes, les habían granjeado el temor de sus enemigos y, un culto romántico entre las poblaciones civiles y, los estudiantes de picaresca, que seguían el progreso de los ejércitos.
“La formación de los Cameron se levantó, alta y brava, las notas de guerra de Lochiel, que las colinas de Albyn han oído y, también las han oído los enemigos de los sajones ¡Cómo estremece en la noche la música marcial de la gaita, salvaje y estridente!”
Pero a largo plazo, no iba a ser los poetastros a lo Byron, los que consumiesen con más avidez, el mito del guerrero de las Tierras Altas (“Highland”) – un caballero soldado por naturaleza, un león en el campo y un cordero en la casa, bravo, serio, frugal, obediente, espantosamente temible – sino el propio pueblo escoces. La “Balmoralidad” define la mutación de ladrón de ganado descalzo del siglo XVIII, en el John Brown de la reina Victoria, el salvaje domesticado, cuya arma más afilada era la mirada de desaprobación, a casi todo lo que no fuera pequeño, gratis y abstemio. La “Balmoralidad” en ninguna parte echó raíces más profundas, que en los regimientos escoceses del ejército británico y, en la actitud de adoración hacia ellos de la gente escocesa. Podemos apreciar su efecto en la gravedad de las caras de los “highland” de Robert Fenton, fotografiadas en las escaleras del hospital de Scutari, al final de un invierno en Crimea, rostros que implican resistencia a todas las fragilidades humanas, tanto físicas como morales. Podemos seguir sus avances, en el entusiasmo que la gente escocesa manifestó por la milicia voluntaria, cuando la locura de los Voluntarios, sacudió el reino al final de los años 1850. El reclutamiento en Escocia fue dos veces la media nacional y, bajo la influencia de la Iglesia Libre y la política de Gladstone, el voluntariado escocés adoptó aquella brusca y contradictoria tendencia, que se ha dado en llamar “militarismo liberal”.
El oficio de soldado en el resto de la Gan Bretaña, estaba visto como vergonzoso si era profesional y, un poco cómico como aficionado. El ser soldado en Escocia, a tiempo pleno o solo a ratos, se tenía por serio y recomendable, dando no solo oportunidad de vestir un tartán, sino de demostrar las más admiradas cualidades de los escoceses victorianos, compañerismo, constancia y, un decoroso respeto de sí mismo. Los regimientos de “highlanders”, con toda su panoplia de faldas escocesas, escarcelas (bolsa que pende de la cintura) y gaitas, fueron creados por los voluntarios escoceses en las nuevas ciudades industriales, donde su aparición fue una fuerza de resistencia, contra la sibilina influencia inglesa, en la vida urbana escocesa. Por una extensión natural, los regimientos de voluntarios escoceses llegaron a formar parte de la impedimenta de la diáspora nacional, apareciendo como focos de nostalgia en el exilio, durante el siglo XIX.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.