Las formas y los rituales en política
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Opinión
Las ceremonias de apertura del Parlamento, en que se marca el inicio de una nueva sesión parlamentaria, se realizan en varios países, siendo la más conocida la que se celebra en Gran Bretaña, en el Palacio londinense de Westminster. En esas sesiones se respetan escrupulosamente una serie de protocolos, rituales y formas. No sólo por amor a la tradición, sino especialmente, por el respeto a la soberanía popular, que esas instituciones representan.
Si nos fijamos bien, casi todo en las sociedades, está regido por protocolos y rituales, que facilitan y hacen más agradable la convivencia. Desde bodas, funerales, comidas familiares, eventos deportivos… hasta actos institucionales. Sin estos mínimos andamiajes, el respeto mutuo se dificultaría. Que se dese cambiar el Reglamento del Congreso, no cambia el hecho de que en ese momento todos los diputados, estén reunidos bajo el mismo techo de la soberanía popular, donde pueden “parlamentar” con argumentos y razones, sin necesidad alguna de recurrir a exageraciones gestuales. No estoy hablando de exigir esmoquin para asistir al Congreso, ni siquiera traje y corbata (aunque los lores ingleses aún lleven pelucas) y recuerdo lo mucho que nos criticaron a algunos socialistas, cuando comenzamos a vestir trajes de pana. El respeto, y no el esperpento, es un componente esencial de los usos parlamentarios, y no está reñido, para nada, con el utilizar toda la profundidad y dureza dialéctica que se desee o se considere adecuada.
Habrá quien piense que todo eso son asuntos menores, pero a mí no me lo parecen. Las cuestiones formales, tal como entendió bien Kelsen, al estudiar los fundamentos de la legalidad democrática, no son asuntos menores y, por tanto, prescindibles a golpe de gestos y postureos. Las reglas de juego, son parte sustancial de nuestra civilización jurídica. Y la fórmula de acatar la Constitución, no es algo accesorio, ni un capricho formalista. Es una pieza normativa, que nos hace a todos los representantes del pueblo, iguales al adquirir esa condición.
Por todo ello no me gustan, esas coletillas que se añaden al juramento, introduciendo lealtades personales, ideológicas o territoriales, como si de feudos o señoríos se tratase. Pienso que los “nuevos-viejos políticos” tienen muchas cosas mejor que hacer, antes de ponerse a intentar cambiar la institucionalidad democrática, a base de sentimentalidad asamblearia y populista (recordemos la CUP).
Como escribía José María Lassalle: “Schmitt se coló en el Congreso, con las pancartas estéticas del 15M”.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.
La Redacción recomienda
- Tremendista balance de fin de año, del PP
- De Videla a Milei: el legado de los juicios a la última dictadura argentina 40 años después
- Reproducción asistida e inteligencia artificial
- Doctorados por correspondencia y másteres en Narnia: el currículum político como género de ficción
- Donde la IA no llegará jamás: la zapatilla voladora