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En los inicios del liberalismo


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

El otro día debatí un poco con un buen amigo, sobre los comienzos del liberalismo, Locke y Montesquieu. Ello me abrió el apetito, y me fui a mis notas sobre Locke y el tema que nos ocupó.

Pues bien, esto es lo que apunté en su día, hace una eternidad, sobre el particular.

En su más famosa obra “Ensayo sobre el entendimiento humano”, en el capítulo “De los grados del asentimiento”, decía Locke que el grado de asentimiento a una proposición, debe depender de las causas de probabilidad, que haya en su favor. Que como nosotros debemos actuar con frecuencia, basándonos en probabilidades, que pueden distar de la certeza, el recto uso de esta consideración, “es la caridad y la indulgencia mutuas”.

Puesto que es inevitable que la mayoría de los hombres, si no todos, tengan varias opiniones, sin pruebas ciertas e indubitables de su verdad, y ello es causa de que se les atribuya, una reputación excesiva de ignorancia, ligereza o necedad, a los que renuncian a sus primitivos dogmas, ante la fuerza de un argumento al que no pueden inmediatamente contestar, demostrando su insuficiencia, convendría a todos los hombres, en opinión de Locke, mantener la paz y los sentimientos de humanidad y amistad, en la diversidad de opiniones.

No podemos razonablemente esperar, que cualquiera se ofrezca con diligencia y servicialmente, a dejar su propia opinión y abrazar la nuestra con resignación ciega, ante una autoridad que su entendimiento no reconoce. Aunque uno pueda equivocarse, no puede reconocer otra guía que la razón, ni someterse ciegamente a la voluntad y dictados de otro. Si el que queremos atraer a nuestras opiniones, es una persona que examina antes de asentir, deberemos concederle la posibilidad de que vuelva a examinar las razones y, evocando lo que está fuera de su mente, examine los detalles, para ver de qué lado está la ventaja. Y si aun así, él no encuentra argumentos de bastante peso para cambiar de opinión, pensemos que eso nos suele ocurrir a nosotros mismos, y que también a nosotros nos sentaría mal, que otro nos prescribieran qué puntos deberíamos volver a examinar.

¿Cómo podemos imaginar que el adversario habría de renunciar fácilmente, a los principios que el tiempo y la costumbre han establecido de tal forma en su mente, que él los cree evidentes y de una certeza indudable? ¿Cómo podemos esperar, digo, que opiniones así afincadas, sean abandonadas sin más, ante los argumentos o la autoridad de un extraño o adversario, especialmente si hay alguna sospecha de interés personal?

Haríamos mejor, en estos casos, en apiadarnos de nuestra mutua ignorancia, y en tratar de eliminarla, mediante todos los medios de información a nuestro alcance. Y no en tratar mal a los otros como obstinados y perversos, simplemente porque no renuncian a sus opiniones y aceptan las nuestras o, por lo menos, las que tratamos de hacerles aceptar, cuando es más que probable, que nosotros no seamos menos obstinados, al no abrazar algunas de las suyas.

Pues ¿dónde está el hombre que tenga incontestable evidencia, de la verdad de todo lo que sostiene, o de la falsedad de todo lo que condena, o pueda decir que ha examinado de arriba abajo sus propias opiniones, o las del los otros? La necesidad de creer sin saber, es decir, a menudo con razones muy débiles, debería hacernos más cuidadosos en informarnos, que en coaccionar a los otros. Hay muchas razones para pensar, que si los hombres estuviéramos más instruidos, tendríamos menos afán de imponernos a las bravas, a los demás.

Pues eso.

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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