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La vida es siempre un “ahora”


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Vivimos en una coyuntura, que históricamente me parece no ha tenido igual. Se está produciendo en la humanidad un cambio radical. Quizá la radicalidad no es tan nueva, pero sí lo es, a mi entender, la velocidad del cambio. Por vez primera, los hombres asistimos a nuestra propia mutación; cambiamos y sabemos bien que cambiamos. En épocas anteriores, cada cambio efectivo se presumía eterno, y el hombre no se veía a sí mismo – sus creencias y modos de vida – como algo transitorio, sino más bien como algo definitivo. Por tanto, utilizando el leguaje de Ortega, diríamos que el cambio no era tal para el cambiante.

El río de Heráclito ha cobrado consciencia de su fluidez. Y a los humanos no nos queda otra, que vivir de forma dual, sentirnos a la par mudables y eternos. Nos vemos obligados a modificar, casi a diario, la óptica de la vida. Y esto algunos no lo llevamos bien. En el pasado nos interesábamos en un tipo de arte, en una teoría científica, en un principio político, y los estimábamos definitivos o, como poco, de larga duración. Cuando no nos lo parecían, nos refugiábamos en el escepticismo. Quizá debamos aprender, que sólo seremos “definitivos” cuando aceptemos “nuestro tiempo” como nuestro destino, sin tontas nostalgias ni utopismos. Y no se me entienda mal, sentir nostalgia y utopizar son dos cosas perfectamente lícitas, en las que se manifiesta una vitalidad poderosa. Lo que importa es que nuestra actitud vital, no dependa de ellas ni para ellas, porque entonces sí serían síntomas de debilidad. La vida – decía Ortega – es siempre un “ahora”. Mientras que nostalgia y utopías, son fugas de ese “ahora”.

Por lo que yo conozco de la historia, los grandes cambios históricos han sucedido siempre, en épocas de penumbra mental. No me parece que hayan coexistido jamás como en nuestros días, una irrupción tan grande de fuerzas irracionales, junto a una época de progreso tecnológico y científico tan importante.

Pero ojo, aceptar “nuestro tiempo” como destino, no significa aceptar el presente sin más ni más. Todo lo contrario. Cada “nuestro tiempo”, trae consigo su norma, su decálogo auténtico y, al tiempo, su falsificación. De aquí que sea preciso hacer constantemente, la crítica de “nuestro tiempo” puro, traerlo de su falsificación incesante a su esencial verdad, medirlo consigo mismo. Cuanto más seriamente aceptemos “nuestro tiempo”, mayor rigor pondremos en no pactar con sus defraudaciones.

Y de éstas, la más frecuente, la más vulgar y la más fácil, lo vemos en estos días, es el extremismo. Al falsificador nato – escribía Ortega – que es incapaz de crear, no le queda otro medio, para hacerse la ilusión de que crea, de que “es alguien”, sino exagerar la idea nueva, llevarla al extremo. ¡Nada más cómodo! Colocado en una idea que uno no ha inventado, sino que ha recibido, seguir todo derecho hasta el extremo. Esto es lo contrario de la creación, es la definición de la inercia. Los exageradores, son los inertes de su época. ¡Allá van en la dirección en que un buen día fueron empujados!

El hombre creador, es decir, el que vive con autenticidad, conoce los límites de su original verdad y, por lo mismo, está sobre aviso, pronto a abandonarla en el punto donde empieza a convertirse en falsedad. Recordemos que aún en el siglo XVII el vocablo “pasión”, conservaba su sentido etimológico de pasividad, de lo que no somos, sino que nos pasa o sobreviene, perturbando nuestro verdadero ser.

Los lamentos sobre los “tiempos que corren” son un factor de placer, el deleite de la quejumbre, diría Ortega, la delicia de llorar. En Hegel hay una entrevisión de esto. Cada época tiene “su” vida, y la tiene como “suya”, porque en ella, siendo tal y como “es”, se siente feliz. El error está en creer que la felicidad, excluye el dolor y las angustias. Al revés, las incluye, son ingredientes de ella.

“Pájaros de hogaño, no se pueden cazar con mallas de antaño”.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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