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Bohr. Verdad poética y Verdad científica. II


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Al final del anterior escrito, estábamos llegando a un punto, en el que la cuestión de la unidad del conocimiento, comenzaba a resultar ambigua, como la propia palabra verdad. Y en efecto, cuando buscamos valores espirituales y culturales, se nos aparecen problemas epistemológicos, ligados al equilibrio entre nuestro deseo de obtener de la vida, una visión de conjunto, que la abarque en sus múltiples aspectos y, la capacidad de expresarnos sin contradicción lógica.

La ciencia, que trata de desarrollar métodos generales, para ordenar la experiencia humana común y, las religiones surgidas de una exigencia de armonía, en nuestra concepción del mundo y en nuestras relaciones sociales, parten de puntos esencialmente distintos. En toda religión, el conjunto de conocimientos que poseía en la época, la sociedad correspondiente, ha sido, naturalmente incluido en el cuadro general, cuyo contenido primitivo, estaba constituido por los valores e ideales puestos de relieve en el culto y la fe. En consecuencia, la relación insoluble entre marco y contenido, exigía apenas atención, hasta que el subsiguiente progreso de la ciencia, hubo renovado nuestra cosmología y, nuestra teoría del conocimiento. El curso de la Historia presenta muchos ejemplos, de esta última evolución: recordemos en particular el cisma profundo entre ciencia y religión, que acompañó al desarrollo de la concepción mecanicista de la naturaleza, en tiempos de la Europa del Renacimiento Muchos fenómenos considerados hasta entonces, como manifestaciones de la Divina Procedencia, aparecían como consecuencia de las leyes generales e inmutables de la Naturaleza. Por otra parte, en su métodos y puntos de vista, la física dejó por completo, de cargar el acento, sobre los valores e ideales humanos, como hace esencialmente la religión. De ello resultó que las escuelas, de la llamada filosofía empírica y crítica, tomaron una actitud común, correspondiente a una distinción más o menos clara, entre conocimiento objetivo y creencia subjetiva.

Al destacar la necesidad, en una comunicación sin ambigüedad, de tener en cuenta el punto en que se sitúa la separación entre sujeto y objeto, los desarrollos modernos de la ciencia, han creado una nueva base, para el uso de palabras tales como conocimiento y creencia. Ante todo, una vez reconocidas las limitaciones intrínsecas de la noción de “causalidad”, se ha creado un marco en el cual la idea de predestinación universal, es sustituida por el concepto de evolución natural. Respecto a la organización de las sociedades humanas, cabe observar en particular, que la descripción de la posición del individuo, dentro de su comunidad, presenta aspectos típicamente complementarios, ligados a la frontera fluctuante, entre la apreciación de los valores y, el fondo sobre el cual son juzgados. Toda sociedad humana estable, exige un proceder correcto, precisado por reglas jurídicas, pero al propio tiempo, la vida sin relaciones afectivas con la familia y los amigos, quedaría privada, evidentemente, de algunos de sus valores más preciados. Sin embargo, aunque la combinación más íntima posible, entre justicia y caridad, representa un fin común en todas las culturas, es necesario reconocer, que todo lo que exige, la estricta aplicación de la ley, impide el despliegue de la caridad y que, recíprocamente, la benevolencia y la compasión, pueden entrar en conflicto, con la idea de justicia. Este punto queda ilustrado mitológicamente en muchas religiones, por la lucha entre las divinidades que representan estos ideales. La vieja filosofía oriental lo destaca igualmente, cuando nos exhorta a no olvidar jamás, cuando buscamos la armonía en la vida humana, que, sobre el escenario de la existencia, somos a la vez actores y espectadores.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

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