Robespierre. Comité de Salvación Pública. El “Terror”. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Danton y Desmoulins, fueron acusados de “conspiración dirigida al restablecimiento de la monarquía, y la destrucción de la representación nacional y el gobierno republicano”.
Las alegaciones de Robespierre, contra su antiguo amigo y aliado, sobrepasaban las acusaciones de corrupción económica, para pasar a ser de falta de decoro moral, acusándolo de mofarse en las sobremesas, diciendo que la virtud era “lo que él practicaba cada noche con su esposa”. Danton y Desmoulins fueron ejecutados el 5 de abril, y crearon el contexto político, para que el Comité de Salud Pública centralizara, y volviera aun más férreo, el control de la disidencia. Para entonces, había nada menos que seis mil sospechosos, encarcelados en París, y la escalofriante cifra de ochenta mil en todo el país.
La nueva legislación policial de abril, expulsó a los extranjeros de París, y de las ciudades fronterizas, y centralizó todos los juicios políticos en la capital. Saint-Just creó una nueva Oficina de Policía el 4 Floreal (23 de abril), pero cuando acudió a visitar al Ejército del Norte, en una misión encomendada diez días después, Robespierre se hizo con el poder efectivo de la misma. En la primavera de 1794, el descontento iba cuajando en las calles de París, cuando los patriotas trataron de entender la veracidad de las acusaciones, de que los revolucionarios como Hébert, Desmoulins y Danton, eran en realidad, aliados de los enemigos externos.
Robespierre gestionó la oficina de policía, que recibía informes detallados, en mitad de centenares de denuncias, tanto de contrarrevolucionarios, como de héberistas. Robespierre anotaba comentarios al margen, con su singular caligrafía: “cuando se denuncia, deben darse nombres”. Raras veces ordenó personalmente practicar detenciones, pero ha sido un tópico muy interesado, presuponer que lo hizo.
Con la eliminación, tanto de los hébertistas como de los dantonistas, en la primavera de 1794, Robespierre y sus partidarios estaban en la cima de su poder; la posición de Robespierre era la que prevalecía, en el seno del Comité de Salvación Pública. Sin embargo, incluso entonces, ese poder dependía de contar con apoyo sostenido, en el seno de la Convención Nacional. Había un abismo cada vez mayor, entre la concepción de Robespierre, de la finalidad de las medidas de emergencia, y la de la mayoría de la Convención, por no hablar del “pueblo” en general.
De los 542 decretos del Comité de Salvación Pública firmados por Robespierre, 124 estaban redactados por su propio puño que, junto con los otros 47 que firmó, tenían, en buena medida, que ver con la vigilancia policial y las detenciones. Al mismo tiempo, es verdad que le repelía la violencia, y le espantaba la conducta de Carrier, Fouché y otros. Charlotte Robespierre (su hermana) recordaba, cuarenta años después, que su hermano se escandalizaba, ante las noticias de los “ríos de sangre”, que Fouché había echo correr por Lyon. Jamás parece haber perdido un ápice de repugnancia, ante la violencia física; de hecho, la evitó en reiteradas ocasiones. Es poco probable, que presenciara el puñado de asesinatos públicos, producidos inmediatamente después de la toma de la Bastilla en julio de 1789, o la desmedida venganza, infligida a varios centenares de guardias suizos, después del 10 de agosto de 1792, o a los sacerdotes, nobles y delincuentes comunes, al principio del mes siguientes. No hay pruebas de que asistiera, a las ejecuciones con la guillotina.
Pero la guerra había modificado a fondo, la actitud de Robespierre hacia los derramamientos de sangre en nombre de la revolución. Por horrenda que le hubiera parecido, la matanza de los meses de agosto y setiembre de 1792 en París, la aceptaba como “la justicia del pueblo”, y se negaba, al menos en público, a aceptar que se habían perdido muchas vidas inocentes. Sin embargo, en el plazo de un año, con la “patrie en danger”, presentó una moción, junto a otros, en el Comité y en la Convención, para poner fin a la capacidad del “pueblo”, para imponer su voluntad al gobierno. A partir de entonces, las matanzas iban a pasar a formar parte, de la maquinaría del gobierno.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.