Sin merma de esta admiración por la naturaleza, había muchas otras cosas que llamaban la atención Thor Heyerdahll. Una vez que aprendió a leer, la bien surtida biblioteca de su madre, una mujer culta, apasionada por la zoología, por las tribus “primitivas” y, por las teorías de Darwin, fue abriendo ante sus ojos, un universo de perspectivas insospechadas: viajes exóticos, animales salvajes, aventuras en los límites de lo posible y, pueblos remotos de costumbres muy diferentes. Eran los libros sobre estos últimos, los que más absorbían sus intereses. Pero agotada la lectura de las colecciones maternas, le resultó imposible ampliarlas, en los confines de Larvik. Así que el joven Thor, se vio obligado a soslayar sus lagunas informativas, a base de extrapolar datos con su imaginación. Una imaginación en verdad poderosa, ágil y permanentemente activa, alejada de vacuas fantasías. Nunca fue un niño fantasioso. Si acaso, lo normal durante la edad de la inocencia, la gran fábrica de fantasías, su temperamento reflexivo, constreñido a averiguar siempre el porqué de las cosas, actuaba de filtro, evitando excesos al respecto.